Relato erótico

Volver a empezar

Charo
16 de junio del 2019

Aunque llovía, salió de casa y fue a un centro comercial a comprar algunas cosas que le hacían falta. Entro en una tienda y se quedó embobado mirando a un maniquí que parecía una mujer real. De pronto una voz, que le resulto familiar, le dijo algo. Era una antigua amiga.

Manuel – VITORIA
Queridos amigos y amigas de Clima, me llamo Manuel, tengo 39 años y llevo ya mucho tiempo leyendo los relatos que publicáis, emocionándome y recordando momentos felices y otros que lo pudieron ser… y no lo fueron.
Me atrevo, al fin, a escribir sobre un encuentro que me pasó hace tiempo. Era un día lluvioso, como el de hoy, en que escribo mi historia y quizá esto me lo haya recordado. Vagaba sin destino fijo por la ciudad donde vivía, quería comprar unas cosas que me hacían falta y al fin me decidí a entrar en una tienda en la que me pareció ver una dependienta que estaba para comérsela y al mismo tiempo aguantar el aguacero que caía.
Me acerqué, como sin querer a ver a la chica más cerca, y no veáis la sorpresa, era un maniquí, perfecto de formas, pintado y vestido, la verdad, como para hacer el amor allí mismo. Me quedé absorto viéndolo y en ese momento una voz de mujer dulcemente me preguntó:
– ¿Es que ahora no te gustan las mujeres?
Su voz melodiosa me recordó tiempos pasados y al girar mi cabeza y preparar una contestación acorde a las circunstancias me la encontré. Era ella, Loli, una chica que tiempo atrás me ayudó a iniciarme en los amores y desamores de esta vida.
Al verla me quedé absorto, sin saber que contestar. Estaba guapísima, vestida con un suéter que le marcaba esas formas que yo ya conocía tan bien. La recorrí con la mirada desde la cabeza a los pies y luego hasta la cabeza de nuevo, sin hablar, solo mirando su figura, recordando mientras mi “segunda” cabeza ya quería salir para saludarla y a duras penas la podía mantener en su sitio.
Al fin pude articular palabra y no reparé en halagos. Le dije que estaba más guapa que nunca, que era como un buen vino, con solera, que con la madurez de los años cogía cuerpo, se afrutaba, etc, ella reía, me miraba, volvía a reír y al fin nos abrazamos y nos besamos.
Empezamos a hablar de nuestras vidas, de como nos iba y empezó a contarme que se había casado, que tenía dos hijos y que bueno, ahora, aunque acomodada, ya no disfrutaba lo mismo que antes de soltera.
La conversación giraba hacia nuestras relaciones sexuales mientras buscábamos la ropa que habíamos ido a comprar. Le acompañé a la zona de señoras y ella me acompañó a la de caballeros, buscamos un probador y sin hablar entramos los dos en el mismo.
Se desvistió, me desvestí, apenas cabían nuestros cuerpos en el pequeño espacio, nos rozamos en un momento en el que ella me presentaba su culo, ese maravilloso y prieto culo, antaño mío y ahora de otro, y no pude contenerme la abracé, y ella notando mi verga se dejó hacer. Yo sin hacer nada estaba a punto de reventar y ella, mojada ya hasta las rodillas, le bajé las bragas y sacándome la polla fuera del pantalón, de dos empujones ya la tenía hasta los huevos metida en su coño.
Empezamos a movernos y realmente fue al polvo más corto de mi vida pues nos corrimos sin poder chillar de placer. Afuera había madres con sus hijos probándose los uniformes del colegio. Al final nos probamos la ropa y la compramos, en la puerta me despedí de ella, sabiendo que no la volvería a ver.

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Una vez recogido el coche del parking cercano y lloviendo torrencialmente, me fui a casa, solo, con el recuerdo de ese momento vivido.
Al pasar por delante de la parada del autobús que hay en la puerta del establecimiento, vi entre la gente a Loli, mojada, tiritando de frío. Paré en el centro de la calle, sin preocuparme de la lluvia, ni del atasco que estaba formando, de las bocinas de los coches. Me acerqué a ella, le abrigué con mi gabardina y la metí en mi coche, la acerqué a su casa y me invitó a tomar un café. Acepté, ahora todavía no sé por qué pero acepté, y doy gracias todos los días por haberlo hecho.
Ella se cambió y se puso cómoda, recién duchada con agua caliente y con la toalla alrededor de su corta cabellera, me preparó el café. Yo solo miraba sentado en la silla de la cocina. Ella hablaba, yo miraba, decía no sé qué de su marido que estaba fuera de viaje y no volvería hasta el fin de semana. Era martes y yo miraba. Dijo que sus hijos todavía estaban en el apartamento de la playa con su hermana y que volverían también para el fin de semana. Y yo seguía mirando, miraba, miraba cada movimiento suyo, adivinando, entreviendo su sexo cada vez que cambiaba de posición sus piernas. Al final le dije:
– Loli, me estás poniendo a cien, no puedo aguantar más y te lo voy a hacer aquí mismo.
Ella se levantó, se quedó de pié delante de mí y soltándose la toalla lo dejó caer en el suelo de la cocina y me dijo:
– ¡Si tienes lo que hay que tener párteme en dos!
Allí mismo y sin quitarme la ropa lo hicimos y después del primer orgasmo y sin quitársela del coño, me fue desvistiendo y al final los dos desnudos fuimos al cuarto de matrimonio. La foto de su marido estaba sobre la mesita. La verdad es que era un tipo agradable. Ella se quedó mirándolo un rato y al final puso mirando el retrato hacia la cama, diciéndole:
– Capullo, mira lo que te pierdes.
Desde ese momento todo fue en tono salvaje. En la vida la había visto así, me comió hasta que otra vez estuvo en su máximo poder mi verga y la volví a follar. Cambiábamos de postura, sin parar y al final entre gritos de placer me dijo:
– ¡Cabrón, no aguantas nada, quiero más!
Empecé a moverme sin descanso, ya no me preocupaba si yo iba a tener o no un orgasmo, la quería partir en dos y tal fue mi ímpetu que se corrió chillando, o mejor, dando alaridos de placer, diciéndome entre gemidos:
– ¡Es el polvo más maravilloso que he pegado en mi vida, mejor que los que hemos pegado juntos…!.
No sé cuantas cosas más dijo y de repente se quedó mirando como mi polla todavía estaba como el palo mayor de un barco, recta, gorda y roja pues no me había corrido.
Mirándome y todavía sin poder respirar bien sonrió, y me dijo que me iba a hacer lo que nadie me había hecho todavía, que después de ese día, solo pensaría en ese momento. Conociéndola me asusté un poco pero mi excitación y su promesa hacían que mi mente se nublara.

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Vino hacia mí con varios pañuelos de seda y atándome manos y pies, según ella, porque ahora me tocaba tener placer a mí y yo me dejé hacer. Una vez atado me puso boca a bajo en un taburete que tenía y yo me temí que iba a tener mi primera experiencia sadomasoquista, pero no me importaba, quería tener mi orgasmo.
Lo primero que noté fueron sus besos que recorrían mi espalda, mi cuello, mis orejas, la oía reírse y me decía que iba a disfrutar. Más besos. Mi polla era suya, estaba debajo de mí comiéndosela. Luego el olor de su aceite corporal inundó mis sentidos, miré de reojo y la vi con un consolador de estos que son dos cabezas unidas y que sirven para que una mujer se de a la vez por ambos agujeros. Asustado le dije que ni lo pensara, que no, ella riendo, dijo:
– Pues escápate si puedes, eres mío.
Colocándose delante de mi empezó a introducirse el consolador en su vagina, cosa que me tranquilizó y empezó a dar vueltas alrededor de mí, con el consolador saliéndole entre las piernas cual verga de concurso. Me miraba y me decía:
– ¿Te excita? Mira que verga tengo para mi.
Se sentó delante de mí, yo ya no sabia que iba a pasar, las emociones iban y venían, sabia que lo que pasara sería inolvidable, la conocía, conocía esa risa de niña perversa. Y ocurrió. Ocurrió lo que me temía.
Empezó a jugar con el consolador metiéndolo y sacándolo de su vagina, delante de mí y yo sin poder hacer nada, me miraba, la miraba y vi su excitación en los ojos, pero también vi su sonrisa, delante de mi, diciendo:
– Mírala que mojada está, cómetela si quieres que te coma la tuya.
Era de goma y no me importaba pues lo único que quería era tener un orgasmo, así que lo hice, me comí el consolador lleno de flujo vaginal y en ese momento ella empezó a comerme el culo, mi agujero, sus dedos, el aceite corporal, todo era uno, un dedo, dentro, fuera, circulo, dos dedos, dentro, fuera, circulo, tres dedos…
El dolor era insoportable, dentro fuera, círculo, así poco a poco iba aguantando el dolor mordiendo su consolador hasta que, al final, me relaje y empecé a notar como el agujero de mi culo la aceptaba. Ella disfrutaba diciéndome cosas agradables a mis oídos y al final dijo tan tranquilamente:
– Te voy a encular.

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Cogiéndose el consolador me lo introdujo en el ano. Chillé de dolor pero ella me besó haciéndome el momento lo mas agradable posible.
Todavía recuerdo ese cambio de dolor a gozo y gradualmente, sin darme cuenta, tuve mi primer orgasmo. Entonces me desató y me tumbó suavemente en el suelo, se acostó a mi lado, me mimó, me miró y sonrió. En ese momento recordé. Yo era ella, ella era yo. Recordé esa primera vez, entre sollozos, como aceptó que la enculara, como mordiéndose los labios dijo que siguiera y como tuvo su primer orgasmo de esa forma.
La besé, la besé como nunca he besado a nadie, amor, gratitud, emoción, todo uno, un beso que le decía que ella era mi vida, que no podría vivir sin ella el resto de mis días. Ella me besó en los ojos y dijo ciérralos. La noté encima de mí, me montó, y tuve el orgasmo más maravilloso que pudiese soñar. Cuando terminó me dijo:
– ¿Y ahora qué?
Ahora, es ahora, hoy. Ella está a mi lado mientras escribo estas líneas, está caliente, lo sé, me mira, se que va a ocurrir. Ella empieza a tocarme, creo que no voy a poder terminar…
Besos y hasta otra.

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