Relato erótico

Un buen suplente

Charo
31 de diciembre del 2019

El matrimonio no funcionaba como en el pasado. Vivian entre continuas peleas y esto había enfriado sus relaciones sexuales. Era sábado y estaba convencida de que su marido pasaría el día en casa e intento “seducirlo”.

María – Castellón

Ya las cosas no eran como antes, mi marido y yo vivíamos en peleas constantes, él con sus frecuentes borracheras y yo con mis quejas, cada día nos distanciábamos más, lo peor es que yo deseaba repetir mi experiencia infiel, pensaba en José, en su verga que tanto me hizo gozar y todo lo que él me había enseñado. Tres semanas de recuerdos, tres semanas de ardor, tres semanas de insatisfacción con mi marido, con quien la cama solo servía para dormir. Era sábado por la mañana, sonó el teléfono mientras me duchaba, mi marido contesto, salí solo envuelta en la toalla, sentada en mi cama empecé a secarme, sin darme cuenta mi marido me observaba, de pronto se acercó por detrás y besándome el cuello me dijo:
– ¡Que buena estás cariño, me encantas!
Me despojé de la toalla y le mostré mi cuerpo desnudo, se acercó, me besó y empezó a besarme y chuparme las tetas. Su mano bajó a mi coño y su dedo entró en mí, yo muy mimosa le susurre:
– ¡Fóllame mi vida!
Le dije, pasando mi mano por su polla, muy putona. Él se bajó ante mí y empezó a chuparme el coño, mojándome de inmediato. En lo más rico estaba cuando de pronto se puso de pie y dejándome allí temblando de cachondez, se fue a duchar, un fiasco más, yo hambrienta de verga y el muy imbécil solo se le ocurrió bañarse. Me vestí, el día se mostraba caluroso pero yo estaba más, decidí no usar ropa interior y seducir a mi marido. El vestidito que elegí era muy revelador, de color azul, muy delgado y muy corto, dejaba ver mis piernas y al agacharme mostraba mis nalgas desnudas y más abajo, mi depilado coño. Preparé el desayuno y lo llamé, tardo un tiempo y al llegar al comedor me di cuenta que se había arreglado para salir.
– ¡Tomaré solo un zumo mi amor, tengo que salir!
– Pensé que hoy no trabajarías. Por lo menos desayuna, ¡ya lo preparé todo! -le dije molesta.
Sonó el timbre y mientras él se acomodaba en la mesa, fui a ver quién era…
– ¡Buenos días señora, vengo a por su marido!
Se trataba de Antonio, uno de los chóferes de la constructora en la que mi marido trabaja, ambos atractivos y muy brutos.

De hecho, siempre me habían resultado los dos bastante cachondos, así que al ver a este tipo tan de cerca, me estremeció involuntariamente, era un tipo bastante, fuerte y moreno, cierto es que ya lo había visto y siempre me atrajo, pero nunca lo vi tan de frente, alto, fornido, quemado por el sol y de brazos velludos…
– ¿Van a salir? -le pregunté entre ingenua y coqueta.
– Si, creo que van a una visita a la ciudad.
– ¿Van? ¿Tú no vas?
– No señora, los llevará Santi.
– Y yo que pensé que estaría conmigo hoy. ¿Pero qué se puede hacer con un marido tan ocupado ¿verdad? Otra vez me pasaré el día solita…
Le dije mientras le sonreía coqueta y enfatizaba la última palabra. le miré a los ojos insinuante, y el sosteniéndome la mirada solo me dijo:
– Falta de confianza señora, eso se puede arreglar si quiere.
Al decir esto, me miro las tetas descaradamente.
– ¡Estás loco!
Le dije y sonriéndole me di la vuelta y moviendo el culo provocativamente entré a casa. Salí con mi marido a despedirlo, pero mi vista estaba en el chófer, el cual se despidió dándome la mano con un prometedor
– ¡Hasta luego…señora!
Que yo reafirme con una leve e insinuante sonrisa. Ya despedido mi marido, me imaginé al chófer follándome. Se veía un bruto y me estremecí de pensarlo, pero el trabajo de la casa me hizo apartarlo de mi mente y me dediqué a mis quehaceres. Cerca de las 12 del mediodía terminé y me fui al salón, encendí el televisor y me fui quedando dormida. El ruido del teléfono me desperezó, contesté y me colgaron. Eran las 14h, ¡que flojera! Pensé. Fui al baño me lavé la cara y me maquillé levemente. Estaba en eso cuando sonó el timbre de la puerta. Salí a ver, el clásico vendedor. Una vez más sonó el timbre de la casa y ahora era mi vecina, charlé con ella unos cinco minutos y se despidió. Me di una ducha para ir a casa de mi madre y pasar la tarde con ella, pero me aburría solo pensarlo, cambie de opinión, quedaría con mi amiga Sara, para salir a comer con ella. Me maquillé, elegí un vestidito corto de color rojo, decidí no usar ropa interior de nuevo (me encanta salir a la calle sin nada debajo), mi perfume favorito con olor a vainilla, mis sandalias de tacón…

De nuevo el timbre de la puerta, de mala gana fui a ver quién era esta vez.
– ¡Hola! ¿Qué tal si me invitas a pasar…?
– Antonio, ¿qué haces aquí? -le dije sorprendida y nerviosa.
– ¡Vengo por ti!
– ¡Estás loco! Vete por favor, te puede ver alguien, o regresar mi marido.
– Tiene para rato, y ahora vengo para darte lo que pides a gritos.
Sin más me empujó y entró, cerró el portón tras de sí y me cogió por la cintura, me acercó su cara rasposa de su barba sin afeitar y me besó. Su lengua entró en mi boca, me explotó el sabor delicioso de su saliva. Una de sus manazas me apretó las nalgas, intenté separarme y no pude, su beso se prolongó y sin recato, le correspondí. Me cogió de la mano y prácticamente me arrastró al interior. En la sala, me seguía besando, me sacó las tetas y me las chupaba al tiempo que me seguía apretando las nalgas.
– Me encantan las maduritas como tú, que no usan ropa interior, sois las más calientes y putas. Cuando vine a por tu marido, me di cuenta que no llevabas nada debajo del vestido.
– ¡Yo si uso! -le dije confundida.
– ¿Y ahora porque no llevas?
Me pregunto cínicamente mientras me seguía acariciando el culo. No dije nada y me gustó su atrevimiento. Sus manos me habían levantado el vestido, me acariciaba las nalgas y me miraba con lujuria, de su pantalón se levantaba un bulto amenazado. Sin pensarlo le toqué esa verga por encima del pantalón.
– ¡Llévame a la cama, quiero que me folles!
Y tomándolo de la mano lo guie a mi habitación.
– ¿Aquí es donde te folla tu marido?
Solo asentí con un ligero movimiento de cabeza.
– Me imagino que no te llena ese tío, ¿verdad? Ya te lleno yo, mira como traigo la verga.
Al tiempo que decía esto, se quitó el pantalón mostrándome un miembro tremendo. Gruesas venas surcaban su verga, gorda y prieta. Me hizo temblar de solo verlo y mi coño se me contrajo al igual que mi culo.

Se acercó, me quitó el vestido y me dejó totalmente desnuda. Me miró, sus ojos brillaron. Le cogí la verga para verla de cerca, se la apreté y abriendo mi boca, se la chupé.
– ¡Si que eres puta! Me encanta que me la mamen.
Lamí toda su verga, brillaba por mi saliva. Me levantó y me acostó en la cama de espaldas, su mirada me recorrió toda, instintivamente abrí las piernas y le mostré mi coño abierto y afeitadito, como me gusta tenerlo siempre.
– ¡Qué coñito más apetitoso tienes, debes estar bien estrechita!
Me dijo al tiempo que me pasaba la mano entre mis labios vaginales, me abrió las piernas y acomodándose entre mis muslos, su lengua entró en el coño. Un gemido anunció su triunfo, empecé a gemir más y más, hasta que a punto de correrme le pedí entre gritos entrecortados.
– ¡Fóllame Antonio! ¡Métemela ya, te lo suplico!
No se hizo de rogar, cogiéndome las piernas y abriéndome al máximo, aproximó su verga a mi entrada, me cogió de las nalgas y de un golpe me ensartó hasta el fondo, haciéndome gritar de tan ruda metida, pero al tiempo le cogí con mis piernas y me entregué a ese bruto que me lastimaba pero me hacía sentir mi coño deliciosamente expandido. Sus movimientos empezaron, primero rápidos y al poco tiempo lentos y deliciosos, me estaba disfrutando y yo me le entregaba entera. Me besaba y acariciaba todo el cuerpo mientras me ensartaba una y otra vez. Acomodándose me besaba el cuello y chupaba mis tetas sin dejar de penetrarme. Sus fuertes manos me tenían atrapada por las nalgas y a cada embestida me cogía y me las apretaba con fuerza, parecía adivinar lo que esto me fascinaba. Moviéndose logró ponerse mis piernas en sus hombros y con esto sus penetraciones se hicieron más profundas.
Yo sudaba y el me poseía a su antojo. Yo, cerrando los ojos, no hacía más que entregarme a ese bruto. Me movía como sé que les gusta a los hombres. Cuando me embestía, yo salía a su encuentro moviendo mi cadera, haciendo más profunda la invasión de su verga a mis entrañas, bombeando con furia y rapidez me hizo explotar. Mi coño se contrajo rítmicamente como chupando esa verga que me ensartaba hasta el fondo y haciéndome gritar y gemir de gusto, le di mi primer orgasmo intenso y prolongado como pocos, al tiempo que lo incitaba a que siguiera.
– ¡Sigue más mi vida! ¡Fóllame más duro!
El bruto enfebrecido me entraba más fuerte, más rápido, se acomodó de nuevo y me aplastó con su pesado cuerpo haciéndome abrir mis muslos al máximo. Su cara con barba corta me irritaba las tetas, me chupaba los pezones con fuerza y me los mordisqueaba, mis talones le pegaban en las nalgas pidiéndole más verga. Me hizo venir de nuevo y mis grititos entrecortados se lo hacían saber, mis piernas lo rodearon por la cintura totalmente abierta de mi coño y me le entregué moviendo mi pelvis, sintiendo en mi clítoris los golpes de sus embestidas. Contraje mi coño con todas mis fuerzas y gocé como la puta que soy. Mis brazos lo apretaban y mis uñas se prendían a la piel de su espalda, enterrándolas pero disfrutando como nunca, lo besaba con mi lengua y gemía de la buena follada que me estaba regalando, hasta que por fin, sus chorros de leche caliente me inundaron, pero él seguía bombeando, y su verga dura batía por dentro mi estrecho coñito convulsivamente pegado a su miembro.
Finalmente me aflojé, me sentí desvanecer y él dejó poco a poco de moverse, quedando encima de mí jadeante y besándome tiernamente en los labios, pasando su lengua y encontrando la mía, mojada y ofrecida, salivosa para ese bruto que me había gozado como nadie.

Tembloroso se dejó caer a mi lado tratando de no pesarme tanto, pero sin sacar su verga que poco a poco iba. Perdiendo su erección, al salirse un escurrimiento de su leche se hizo presente bajando entre el canal de mis nalgas y parando en la colcha de mi cama, allí mismo en la alcoba de mi marido había sido follada como nunca, estaba gozosa, me sentía transformada, estaba encantada con ese tipo, y se lo demostraba acariciándolo y abrazándome a él, me tenía rendida. Sin hablar, sin decirnos nada, nos quedamos en brazos uno del otro, recuperándonos ambos. Haciéndolo a un lado, me levanté y sentí escurrir entre mis muslos su leche caliente. Me tiró de nuevo a la cama, me besaba, me acariciaba.
Me sentía sudorosa y caliente, me acerqué insinuante y le dije:
– Ven cielo, fóllame en otro lugar.
Lo llevé al estudio de la casa, me senté en el escritorio de mi marido y abriendo las piernas, le dije insinuante:
– ¿Quieres comerme el coñito?
Sin hacerse del rogar, se inclinó ante mí y levantándome las piernas, se puso a lamer mi coño, allí mismo en el escritorio de mi marido, entre sus documentos, entre sus planos, yo estaba dándole mi coño a la lengua de ese bruto.
– Ahora ven, siéntate en el sillón, yo te voy a chupar la verga como nadie te lo ha hecho -le dije.
Muy obediente, Antonio se acomodó en el sillón ejecutivo de mi marido, y yo como la secretaria puta, le chupaba su verga, como si fuera mi jefe y yo la puta de la oficina. Su verga dura me prometió más placer.
– Espera aquí, ahora vuelvo…
Él se quedó quieto, algo sorprendido, rápido fui a mi habitación, me puse un liguero negro, medias negras y zapatillas de tiras de mis favoritas, me vestí estilo ejecutiva, falda y blusa, me maquillé como una puta y perfumándome, regresé a donde estaba Antonio. Al verme no pudo más que alegrarse de lo que veía.
– Siempre he querido ser la puta a la que se folla su jefe, ahora tú eres mi jefe.
Le dije descaradamente y mostrando mi trasero levanté mi falda para mostrarle mis nalgas, enmarcadas en las medias y mi liguero negro, dándome la vuelta le dije muy coqueta.
– ¿Qué se le ofrece al jefe?
Al tiempo que sonreía, yo le insinuaba mis tetas y mis nalgas.
– Ven aquí, toma nota en mis piernas.

Me dijo socarronamente, de inmediato me senté en mi supuesto jefe, totalmente desnudo y con su verga bien dura. Levantando mi falda me senté en su verga sin metérmela y empecé a mover mi trasero.
– Se ve que no te han follado en mucho tiempo, ¿verdad?
– Si jefe, mi marido me abandona mucho. Es un imbécil, a veces creo que ya no le gusto.
– Pues sí que es imbécil, mira que dejar este culito sin su verga diaria, pero ahora ya no será así, yo te follaré cada que él no lo haga. Serás mi puta desde ahora.
– Si jefe, lo que usted diga.
Le dije siguiendo el juego. Sin que me lo pidiera, le volví a mamar su verga y él se estremecía, le di mis mejores mamadas y un rato después, me lo monte empalándome su pieza enorme en el coño y moviendo mi cadera me lo seguí follando, moviendo mi pelvis y sintiendo su verga en mis entrañas, mientras él me estrujaba las nalgas y me chupaba las tetas de mi abierta blusa, al tiempo que uno de sus dedos me invadió mi apretado ano haciéndome gemir.
– Te gusta por el culito, ¿verdad puta?
– No lo sé señor, nunca me han follado por allí.
– Pues ahora te lo romperé.
– No jefe, mi marido se dará cuenta.
Yo seguía follándolo más caliente que nunca, subiendo y bajando montada en su verga, mientras seguíamos con la charla caliente de nuestro juego.
– No creo que se dé cuenta, y si lo hace, que vea como se folla un macho a una golfa como su mujer.
– ¡Eso no!
Le dije al tiempo que me desmontaba de él y me dirigí al sofá del estudio. Me alcanzó y sin decir más, le ofrecí mis nalgas abiertas para que me culeara, dirigiendo su gruesa cabeza de su verga a mi culito, me untó algo de saliva y se dispuso a penetrarme. Fue un suplicio, pero finalmente me entró. Poco a poco su verga ganaba terreno, yo sufría, mi esfínter dilatado me dolía, pero lo alentaba a que me culeara más. Me entró de un golpe seco toda su verga, grité y me empujó, entrándome toda, haciéndome llorar, pero no dije nada. Él siguió con su verga dentro, me salió un poco y me entró de nuevo y me la sacaba, hasta que empezó el placentero movimiento de entrada y salida de mi distendido ano. Me ardía terrible, le pedí que me la sacara, no hizo caso, a cambio me dio unas fuertes y sonoras nalgadas, enrojeciendo mis nalgas, me estaba culeando el maldito de una manera terrible, salvaje, pero yo estaba encantada, lo deseaba así, con furia, y el cumplía a la perfección, hasta que no pude más y sentí desmayarme del dolor, el mismo tiempo sentía un delicioso, un dolor tremendo, sucio y humillante pero delicioso, me entregué a él y le empecé a gritar.
– ¡Así cabrón, ábreme el culo!
Y lo hacía, me entraba con rudeza, me la sacaba casi hasta la punta y me la dejaba ir de golpe. Mis pliegues del ano se expandían a cada metida, me explotaba, me sentía morir, pero allí estaba aguantando hasta que por fin no pude más y le supliqué que me la sacara, y lo hizo. Le pedí me la metiera de nuevo por el coño, sus manos me tomaban por las nalgas y me apretaban con gran fuerza, me entraba y salía a un ritmo veloz hasta que una de sus manos se fue hacia mi clítoris y empezó a rozármelo, al tiempo que me la metía y sacaba, haciéndome gritar y explotar en un gran orgasmo. Lo bese y recostados en el sofá, empezamos a besarnos y a acariciarnos como dos amantes. Me decía que le encantaba, que desde siempre me había deseado y que nunca pensó ni en sueños que pudiera tenerme, sin embargo, esto había sido para él lo máximo. Yo le comenté lo mío y le dije que mi marido ya no me follaba como antes, él se ofreció a ser mi amante por más tiempo y yo lo acepté, así que ya puestos de acuerdo, nos bañamos, comimos y vimos la televisión un rato.

al poco tiempo me empezó a acariciar las piernas y me sacó los pechos nuevamente y allí en la sala volvió a chuparme el coño, me puso a cuatro patas y me la metió de nuevo, haciéndome gozar más y más. Ya cerca de las seis de la tarde se vistió, lo acompañé a la puerta, nos despedimos en un prolongado beso delicioso y me hizo la promesa de volverme a visitar cuando mi marido saliera nuevamente. De allí en adelante sería mi amante y claro que yo estaba dispuesta a entregarme todas las veces que él quisiera, después de ser suya, quería que me siguiera follando muchas veces.
En eso estábamos cuando a lo lejos se vieron las luces de un automóvil, sin saber quién era, me volvió a besar y se marchó mientras yo entraba a casa. En pocos minutos llegó mi marido, una vez más con aliento a alcohol.
Besos.

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