Relato erótico

Solos dos dos

Charo
12 de octubre del 2020

Estaba esperando a una amiga pero, parecía que no iba a presentarse. Estaba desanimado y pensó que era hora de irse. Fue al baño y se cruzó con una chica. Después la vio sola en el bar y se acercó a saludarla.

Ramón – MURCIA

Eran las siete y veinte de la tarde, y ya empezaba a inquietarme pues ella no llegaba a nuestra cita. Me había puesto mi chaqueta azul oscuro, pantalón color café claro, zapatos de ante, una camisa blanca sin corbata e incluso, previsor, había comprado un paquete de condones por lo que pudiera pasar.
Pero ella no llegaba y mientras maldecía mi mala suerte me dirigí al servicio para luego irme, pues ya estaba cansado de pedir café y tomarlo solo además de ser el blanco de las miradas burlonas de las camareras. Ojalá alguna de ellas accediera a mis deseos para no irme en blanco, pensé en broma. Llegué al teléfono y volví a marcar su número a sabiendas de que nadie respondería a mi llamada.
Mientras marcaba, una mujer se acercó al teléfono de al lado. No reparé bien en ella, pero cuando estuve a punto de colgar, a ella se le cayó algo de las manos al suelo, así que colgué rápidamente y me apresuré a recoger lo que se le cayó y en un gesto de amabilidad entregárselo. Pero cuando ella también se agachó me quedé maravillado de su belleza. Sus hermosos ojos claros, su piel morena, su cabello negro hasta los hombros, la minifalda negra satinada pegada al cuerpo, una chaqueta roja que, sin embargo, me permitía ver una blusa blanca muy escotada por lo que pude apreciar, cuando se agachó, la mitad de un par de hermosos senos bien formados, y unas medias negras que resaltaban sus torneadas piernas.
Me dio las gracias sonriendo, se dio media vuelta y regresó al salón. Yo me fui al lavabo y al regresar, dispuesto a irme derrotado, la vi sentada sola en una mesa del rincón con cierto aspecto de tristeza en su bello rostro. Me acerqué tímidamente y le pregunté:
– ¿Estás bien… te sientes mal?
– Gracias -me contestó – ya se me pasara.
– ¿Puedo acompañarte, si es que no esperas a alguien, claro? – insistí.
– Esperaba a alguien, pero no ha venido – me dijo con media sonrisa.
– Pues estamos en la misma situación, yo también esperaba a alguien y no ha venido – añadí también sonriendo.
– Ven, siéntate conmigo -me dijo entonces.
Me senté frente a ella, algo cohibido de tener a una mujer tan hermosa frente a mí. Tras el saludo clásico y el cómo te llamas, donde trabajas, etc. le pregunté si le apetecía tomar algo a lo que ella me dijo:
– Una piña colada.
Casualmente es una de mis bebidas favoritas, así que pedí dos y mientras hablábamos no dejaba de mirar sus hermosos ojos. Ella sonreía aceptando mi sinceridad y la casualidad de nuestro encuentro mientras seguíamos conversando sobre cosas intrascendentes. Nos terminamos la bebida y al preguntarle si deseaba repetir me contestó que sí pero que le gustaría tomarla en el bar del restaurante, desde el que se oía que tocaban música de piano.

La ayudé a levantarse y mientras caminaba detrás de ella, pude advertir que tenía un hermoso trasero e incluso advertí que llevaba un tanga, ya que se notaba el dibujo a través de su falda pegada al cuerpo.
– Vamos a una mesa del rincón – me dijo al llegar al salón.
Me senté a su lado, pedimos otra bebida y empezamos a hablar de temas más atrevidos.
– No puedo creer que a una chica tan hermosa y sexy como tú la hayan dejado plantada – le dije.
– Eres muy galante -me dijo, acercando sus manos a mi cuello y besándome cálidamente, haciéndome sentir sus húmedos labios.
Cerramos los ojos mientras nuestras lenguas se fundían dentro de nuestras bocas. Mis manos acariciaban su cuello detrás de sus orejas y ella me acariciaba el pecho. La sensación era muy agradable y empezaba a elevar nuestra temperatura. La penumbra y la música suave del piano contribuían a que nuestro contacto fuera más íntimo y perfecto en ese ambiente. Mis manos tocaban suavemente sus pezones, sintiéndolos duros, demostración de que ella se estaba excitando. Al acariciar mi pecho pude sentir que su mano empezaba a bajar suavemente hasta rozar, sobre el pantalón, la punta de mi miembro, haciéndome suaves caricias circulares a través de la tela del pantalón, lo que me hace excitar más
Ahora y la besé detrás de la oreja escuchando un gemido al tiempo que mi mano se dirigía hacia debajo de su falda. Acaricié sus muslos, mis manos recorrían hacia donde se juntaban sus piernas, sin dejar de besarla y ella me correspondió abriendo sus piernas. Ahora mis dedos sentían su suave pelambrera. Hice a un lado la minúscula tela de su tanga y cuando mis dedos, que previamente los había mojado de saliva, se dirigían a su interior, ella se estremeció, lo que hizo que ya no se resistiera y me abriera la bragueta, llena de deseo.
Sacó mi miembro, lo apretó y acarició la puntita. La sensación que ambos sentimos me aseguró que si todo seguía así no podríamos controlarnos, por lo que le dije al oído:
– Deberíamos ir a un lugar más adecuado.
– Muy bien, vámonos -contestó rápido.
Pagué la cuenta y nos dirigimos al parking, abrazados como enamorados. Ya dentro del coche las caricias siguieron subiendo de tono, pero no era conveniente hacerlo allí. Mis manos que la habían masturbado en medio de su raja, la habían puesto a mil por hora y ya se había corrido una vez con mis caricias, por lo que me abrió mi bragueta otra vez, tomó mi miembro y me lo masturbó frenéticamente.
Al salir del aparcamiento puse mi chaqueta sobre mis piernas para que no se me viera mi miembro erecto. Dirigiéndome a un hotel, ella me dijo:
– Tu verga es tan hermosa… no resisto más las ganas de comérmela.
Se desabrochó el cinturón de seguridad arriesgándose y me la empezó a mamar mientras conducía. El esfuerzo que hacía, para no perder el control, era muy grande pues a ratos tenía los ojos en blanco, pues me daba unas magistrales mamadas, subiendo y bajando rápidamente mientras mis manos, de vez en cuando, acariciaban, apretando, sus nalgas, lo que le hacía gemir de placer.

Finalmente llegamos a un hotel y sin más preámbulos fuimos a lo nuestro. Había pedido una habitación con jakuzzi y ya en ella, me abrió la camisa, desabrochó mi pantalón y ahora, de un golpe, se tragó mi polla por entero, con frenéticos movimientos de atrás hacia delante haciendo que yo no resistiera más por lo que le dije que no quería terminar todavía así. La tomé entre mis brazos, la deposité suavemente en la cama, separé sus piernas y con mi boca recorrí la hermosa raja, con los labios hinchados de placer. Mi lengua recorría también tus pelos, mojándolos y moviendo libremente mi lengua de arriba abajo hasta que se corrió en mi cara.
– Fóllame – me dijo entonces – pero yo te pongo el condón-
Lo que yo nunca había visto es que ella se lo pusiera en la boca y de golpe se tragara mi miembro al mismo tiempo que desenvolvía el condón a todo lo largo de mi morena y gruesa verga. Fue una sensación maravillosa.
Mientras masajeaba y apretaba suavemente mis huevos como si los quisieras exprimir, la apoyé contra la cabecera de la cama, levanté sus piernas contra mis hombros y de un golpe se la metí entera en el coño. Mientras bombeaba frenéticamente, ella agarraba y apretaba mis duras nalgas. La mantuve un rato así, lo que hizo que ella tuviera otra corrida. A estas alturas gritábamos como poseídos, por el placer que estábamos teniendo.
Después de bombearla un rato en esta posición, se la saqué y la monté a lo perro, posición en la que ella se colocó gustosa, enseñándome sus hermosas y redondas nalgas. Moví la cabeza de mi morena verga de arriba hacia abajo, acariciando su hermoso culito, apenas rozándolo, hasta que cuando la cabeza acarició su ano ella se movió hacia mí, haciéndome comprender sus deseos.
Todavía empapado mi miembro de sus jugos, empecé a empujar, suavemente al principio, después más duro, lo que la hizo gemir de dolor primero y después de placer hasta que, de improviso se la clavé hasta el fondo, haciéndola sentir mis huevos contra sus nalgas, y empezando a moverme rítmicamente, lo que la hizo correrse de nuevo abundantemente. Entonces la bombeé más duro, gritando como locos los dos. Estábamos invadidos por una total lujuria y yo ya no resistía más por lo que le dije que me iba a correr, contestándome ella:
– ¡Lléname las tetas con tu leche!
La retiré de su culazo, ella misma me quitó el condón y yo empecé a hacerle una cubana. Mi verga estaba roja y durísima y era obvio que no aguantaría mucho por lo que mi corrida fue enorme entre sus hermosas tetorras. Se las llené por completo de una pasta blanca e incluso varias gotas salpicaron su barbilla, que ella lamió saboreando el sabor salado de mi leche calentita. A lengüetazos me la dejó bien limpia y brillante, mientras poco a poco, iba volviendo a la normalidad y empezaba a disminuir de tamaño.
Terminado dormidos, uno en brazos del otro, mientras nos besábamos dulcemente. Nuestros jugos se habían vuelto pegajosos y no nos dejaban despegarnos mientras se iban secando. Al final la tome en mis brazos y la llevé al baño. Ella sonrío y me dio un tierno beso, rodeando mi cuello. La coloqué en el jakuzzi y nos bañamos el uno al otro dulcemente, enjabonando nuestras espaldas y a ratos jugando como niños, sonriendo frecuentemente.

Terminamos de bañarnos y nos vestimos el uno al otro, ayudándola a ponerse las medias con liguero mientras me mostraba, en el centro de sus piernas, todo tu esplendor de un coño que fue mío hacía un rato. Le di un tierno beso ahí y ella, al subirme el slip, dio un suave beso a mi fláccido miembro.
Salimos de la habitación abrazados como enamorados, rumbo a mi coche para llevarla a su casa. Sentíamos que el ambiente que nos rodeaba aún estaba lleno de sensualidad y misterio. Sentíamos como si el mundo girara en torno a nosotros.
Un saludo para todos

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