Relato erótico

Solamente una vez

Charo
22 de agosto del 2018

Les recomendaron un pueblecito costero y decidieron alquilar una casita. El marido, aficionado a la pesca se iba cada mañana y tardaba varias horas en volver. En la playa, dos chico la invitaron a comer y dijo que sí. Por la noche se los encontraron en la discoteca.

Susana – La Rioja
Amiga Charo, lo que voy a contarte ocurrió este año, cuando fuimos de vacaciones con mi marido a un pequeño pueblo de la costa que nos habían recomendado mucho y realmente no lo pasamos mal. Yo sobre todo. Y ahora te voy a contar el por qué.
La casita que alquilamos estaba sobre la playa y mi marido que es un fanático de la pesca, cosa que hizo que en parte por ello decidiéramos veranear en este bello lugar, ya muy de mañana lanzaba las cañas en la playa mientras tomábamos sol. Una de las tardes, paseando por la playa, contactó con otros pescadores que le explicaron que la mejor zona de pesca estaba un par de kilómetros más al sur y que el mejor momento era la tarde y A partir de ese día desaparecía después de almorzar y regresaba entre las 6 y 7 de la tarde mientras yo me dedicaba a tomar sol en la playa, darme unos baños de mar y volver a la casa a descansar un rato hasta que él regresara. Luego, generalmente todos los días después de cenar nos íbamos a tomar una copa.
Después de un par de días de estar sola en la playa simpaticé con un par de muchachos que solían tender sus tollas cerca de mí. Nos pusimos a charlar y pronto me invitaron a tomar una cerveza en una marisquería de la playa y acepté gustosa.
Tras la cerveza nos despedimos y me fui a casa. Mi marido llegó un poco más temprano, hicimos el amor y después de cenar le propuse ir a tomar unas copas, como era costumbre. Así lo hicimos y como en el local se podía también bailar lo invité a acompañarme pero como dijo estar cansado se quedó en la barra y me propuso bailar sola. No lo dudé ya que mi cuerpo me pedía movimiento y no paré de hacerlo, no sé por cuanto tiempo.
De pronto dos muchachos se acercaron saludándome y me di cuenta que eran los dos jóvenes de la playa con los que había estado tomando cerveza a la tarde. Comenzaron a bailar junto a mí, nos reímos y divertimos durante un buen rato y cuando me quisieron invitar con una copa los llevé a la barra donde estaba mi marido y se los presenté. Allí charlamos un rato de temas sin importancia y volví a bailar.
El alcohol había hecho mella en mi y bailaba completamente desinhibida. Creo que los muchachos se dieron cuenta porque se acercaron y comenzaron a moverse junto a mi. De vez en cuando notaba como rozaban sus cuerpos con mi trasero e incluso por delante con cierto descaro. Me fue gustando el jueguito, me excitaba y llegó un momento en que los ayudaba también a esos roces.

Cuando bailábamos los tres juntos, me colocaban entre los dos, aplastándome contra ellos, agarrándome fuerte de los muslos y presionándome por detrás de forma que, incluso sentía en mi culo, debido al fino vestido que llevaba puesto, la dureza de sus miembros. Mi marido, ajeno a todo, continuaba con sus copas en la barra.
La situación acabó por ponerme nerviosa. Era la primera vez en mis años de matrimonio que el deseo, aunque fuera en forma de juego, me atraía con alguien que no era mi marido así que, para evitarme problemas, decidí dar por terminada la sesión y me despedí de los muchachos. Cuando regresé a la barra mi esposo no se sostenía en pie de tanto como había bebido.
Aunque la casita que habíamos alquilado estaba cerca, su estado de borrachera era muy subido y no podía sostenerlo así que pedí ayuda a los muchachos que, muy atentamente, se pusieron a mis órdenes. Como pudimos lo llevamos al automóvil y lo acostamos en el asiento trasero. Uno de ellos se puso al volante y el otro nos seguía en su propio coche.
El muchacho no paraba de mirarme y yo, el saber que mi marido estaba junto a nosotros y que el joven se insinuaba a mi lado, me estremecía sobremanera.
Cuando llegamos, entre los tres lo bajamos y lo llevamos hasta nuestra cama donde lo dejamos tendido. Entonces acompañé a los muchachos a la puerta para despedirlos y agradecerles por lo hecho cuando uno de ellos, Lucas, me tomó por la cintura y posó sus labios en mi boca. El otro, David, me tomó por detrás mordisqueando y besando mi cuello. No supe como reaccionar y por las caricias que recorrían todo mi cuerpo comencé a humedecerme. Pero al rato, el miedo y la vergüenza, me hicieron reaccionar. Me aparté como pude y los hice marchar sin más explicaciones.
A la mañana siguiente, después de un baño en la playa, mi marido y yo nos fuimos a comer a uno de los restaurantes cercanos a la casa y como la relación con él es de lo más normal y siempre nos confiamos el uno al otro todo, pensé que no podía mantener en secreto lo que había sucedido y se lo conté. Contrariamente a lo que yo esperaba, reaccionó mal y me hizo poner mal a mí al señalarme como la única culpable por haberlos incitado con el baile.
Terminamos de comer sin hablarnos, me sentía muy disgustada por sus palabras, y nos marchamos a casa. Después del almuerzo se marchó con sus cañas y me dijo que volvería tarde. Entonces decidí no ir esa tarde a la playa, me di una ducha y me acosté un rato.
Estaba media adormilada cuando sonó el timbre. Mi sorpresa fue mayúscula al abrir la puerta y encontrarme con los dos jóvenes con un ramo de flores y una caja de bombones. Dijeron que era su forma de pedir perdón por lo sucedido el día anterior y como yo también tenía la sensación de haber sido culpable los invité a pasar y les ofrecí un café.

Realmente no sé como sucedió, quizá por la discusión con mi marido o tal vez por verme sola acompañada por los dos jóvenes que sabía que me deseaban, es que me fui calentando pensando en la situación en que me encontraba. Estaba solamente cubierta por la toalla de baño y sentada frente a ello que, mientras tomaban su café, no dejaban de mirarme las piernas que, voluntaria o involuntariamente, iba abriendo cada vez más dejando ver mejor mis muslos. La tensión crecía y era detectada con mayor claridad por los muchachos.
Cuando me levanté para ofrecerles más café, Lucas me tomó por la toalla arrancándomela y dejándome completamente desnuda frente a sus ojos. Me tomó del brazo y tiró hacia él hasta que caí sobre ellos. Permanecían sentados en el sofá y me atenazaban acostada sobre sus muslos. Sus manos comenzaron a acariciarme por todo el cuerpo. La boca de David tomaba mi lengua mientras sus manos se llenaban de mis tetas. Lucas acariciaba mi coño con sus dedos. No podía creerlo. Me estaba derritiendo de placer con lo que estaban haciéndome. No podía estar quieta y comencé a desnudarlos toscamente.
Al rato Lucas se arrodilló y con su lengua recorría mi sexo, deteniéndose en el clítoris, que masajeaba en forma inusitada mientras sus manos se aferraban a mis nalgas en forma brutal, de tal forma que no pude aguantar más y me corrí en su boca gimiendo como una loca.
Al tranquilizarme tomé la verga de David y me la introduje lentamente en mi boca empezando a mamarla lentamente hasta que aceleré el ritmo dejando que explotara en mis labios, dejando correr por mi barbilla su leche espesa y ardiente.
Lucas no quería ser menos y me giró dejando mi cara a escasos centímetros de su polla al tiempo que David, que había recobrado rápidamente su erección, se había acomodado entre mis piernas. Con un movimiento rápido me sentó sobre él penetrándome el coño hasta el fondo. Mi cuerpo sintió un profundo escalofrío que pronto se transformó en gemidos a medida que sus acometidas se volvían más fuertes. El impulso de las embestidas aceleró el ritmo de la verga de Lucas que tenía en la boca. Mis dos manos la atenazaban mientras mis labios se ajustaban a su rojiza cabezota.
Todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se volcaron hacia mis entrañas invadiéndome de un éxtasis salvaje e insoportable hasta que tuve un nuevo orgasmo y luego la relajación más intensa que halla podido vivir. Los muchachos habían acabado también y quedamos los tres rendidos en el suelo.
Mientras recuperaba el aire los jóvenes aprovecharon para llevarme hasta el dormitorio y tenderme sobre la cama. Los dos mantenían la erección, eran muy jóvenes y ahí lo demostraban en plenitud. Lucas, aprovechando mi posición, colocó su miembro en mi maltratado sexo y metiéndomelo entero comenzó a moverse lentamente. Las embestidas se fueron haciendo más duras e intensas y mi cuerpo empezó a sentir nuevas y únicas sensaciones.

Cuando sobre mi culo sentí el golpeteo seco y rítmico de sus huevos comprendí que había sido capaz de albergar completamente su miembro. Mis flujos comenzaron a manar abundantes, amortiguando el intenso martilleo al que me sometía.
David, entonces, se arrodilló sobre mi cara. Mi lengua recorría sus huevos mientras mis manos, completamente húmedas de flujos y secreciones, recorría su pene. El ritmo de Lucas comenzaba a ser frenético y en cada embestida mi vientre reventaba sometido a un placer desconocido para mí y David, sobreexcitado por mis gemidos, se corrió de nuevo en mi boca, que en esta ocasión no dejó escapar ni una sola gota. A raíz de ello y por el incesante castigo al que Lucas me estaba sometiendo exploté en un orgasmo lento y profundo. Sentí perder el sentido y caí abatida en la cama. Los muchachos se despidieron de mí y abandonaron la casa.
Tras un rato me duché y me quedé esperando a mi marido. Esta vez le fallaría y no le diría nada de lo acontecido. La tentación había sido más fuerte que yo y quería tener ese recuerdo imborrable en mi memoria. No le diría nada porque lo sigo queriendo y no quiero acabar nuestro matrimonio.
Por supuesto que a los muchachos no los vi más. Ahora acompañaba a mi marido y me quedaba en una playa cercana a la que él iba a pescar.
Besos, querida amiga

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