Relato erótico

Reconciliación en condiciones

Charo
16 de noviembre del 2019

Estaba casada con un hombre maravilloso y era feliz con él. Era atento, cariñoso y tenían buena comunicación. El sexo era genial, pero conforme pasaban los años, su marido se volvió más exigente y adicto al sexo. Un día se pelearon y él se fue de casa. Volvería pero con condiciones.

Mª José – VITORIA
Me llamo Mª José, vivo en Vitoria, tengo buenas tetas y un gordo culo, casada desde hace unos años con una persona que era súper especial conmigo, muy detallista, me ayudaba en todo lo que podía, estaba siempre pendiente de mi y de mis cosas, en fin es un amor.
En la cama era súper apasionado y siempre estaba pidiendo más, pero fue allí cuando comenzaron todos nuestros problemas, porque era un completo adicto al sexo y por él, he hecho cosas que en mi vida había soñado, como ir a sitios donde se reúnen parejas, hacer intercambios, ir a cines porno, beber en exceso en las discotecas y luego salir, quitarme el pantalón, y quedar solo con la blusa, mostrando mi coño al desnudo, en fin, cada día inventaba más cosas. Por eso terminamos, porque yo no daba su medida, o al menos eso pensaba.
Pero la misma noche que dormí sola, fue un martirio, no pude pegar ojo y además no lo podía llamar porque se fue de la ciudad. Parecía una loba enjaulada. Esa noche, que pasé en vela, de tanto dar vueltas en la cama me levante, encendí el ordenador y entré en la página de relatos, que leí y vi fotos pero nada me satisfacía. No sabía qué hacer y así fue amaneciendo. Yo rogaba para que él me llamara y me fui al trabajo.
El día pasaba súper lento, pensaba que era el peor error de mi vida lo que había hecho pues yo sabía que no era un juego cuando me decía que se iría y lo tenté. Y ocurrió. Llegué por la tarde a mi casa y no salí en toda la tarde esperando que llamara, pero no lo hizo.
Pasaron los días y nada, y como él navega mucho en Internet, lo buscaba en las partes que a él más le gusta chatear y nada. Así llegó el sábado y me quedé, perezosa, en la cama pensando que haría para distraer mi cabeza y entonces sonó el teléfono. Contesté como de mala gana, porque no quería saber de nadie, pero era él. Cuando oí su voz, me recorrió una corriente por todo el cuerpo, no pude contenerme y me eché a llorar como una niña, diciéndole que no podía más, que regresara.
– No – me contestó – no, hasta que no esté seguro de tu cambio.
– Haré lo que quieras – lo contesté en el acto.
– Eso habrá que verlo – añadió – estoy lejos de la ciudad, pero estaré ahí hoy por la noche.
– Dime qué haremos y yo haré lo que tú digas – afirmé.
– Esta noche saldrás vestida como una puta y sobre las doce y media irás a las calles que me gustaba llevarte, y luego yo te recogeré…
Estuve de acuerdo y cuando colgó, salí al centro y compré un vestido muy corto, unos zapatos y unas medias. Comencé a colocarme el vestido y hacerle algunos arreglos para hacerme ver más puta. Le hice una abertura en la parte de atrás que insinuaba más mi culo y luego me maquillé en exceso. En fin, me excitaba la idea de que él me llevara a esas calles donde se reúnen las furcias.

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Llegaron las 12, llamé un servicio de taxi para que me recogiera y al subir al vehículo el taxista no quitaba la mirada de mi entrepierna por el espejo. Cuando le dije donde debía llevarme, ya por el camino, me iba diciendo que yo estaba muy buena y que si trabajaba en esa calle. Yo le dije que sí y me dijo que si podía buscarme más tarde a lo que le dije de nuevo que sí. Entonces él alargó el brazo detrás del asiento y empezó a tocarme las piernas, pero yo le quité la mano y le dije:
– Más tarde, cuando vengas.
Cuando llegamos, el sitio estaba bastante oscuro y me daba un poco de miedo pues no veía el coche de mi marido en ningún lado, así que me demoré un poco charlando con el taxista y en pagarle. Al rato, en el semáforo de la esquina vi un coche muy parecido al nuestro, me bajé del taxi, le di las gracias y él se fue, pero cuando aquel coche pasó no era el nuestro. En ese momento sentí miedo por haberme quedado sola. Al rato pasó otro coche lleno de jóvenes que me decían cosas como:
– ¿Te atreves con todos nosotros? Anda, ven aquí…
De pronto se acercó un coche rojo y yo me puse un poco nerviosa. Tenía los cristales oscurecidos y no se veía quien iba dentro hasta que se bajó el cristal del lado derecho del conductor y un tipo de unos 40 años me dijo:
– Hola guapa, ¿cuanto nos cobras a los cinco?
Yo no sabía que hacer, pero cuando iba a responder, bajaron el cristal de la parte de atrás de los pasajeros y allí estaba mi marido. Enseguida sonreí y le dije que me dieran 30.000 euros, ellos se rieron todos y abriendo la puerta del coche me hicieron colocar encima de los tres que iban detrás, entre ellos mi marido, y allí aprovecharon para quitarme toda la ropa, dejándome completamente desnuda y empezaron a manosearme toda. Entonces me incliné, cogí una polla, ya que todos ellos se las habían sacado del pantalón, y me la metí a la boca. Estaba muy excitada y me metía esa tranca hasta la garganta chocando mi barbilla con sus bolas.
Llegamos a un motel al norte de la ciudad, entramos, nos fuimos a una de las habitaciones, me acosté en la cama, me abrí de piernas y mi marido empezó a lamerme el coño, dándome chupadas en el clítoris, pero estaba ya tan excitada que necesitaba que me la metiera, así que lo monté para sentir como me entraba toda.
Después de un rato de estar montándolo, entró otro de ellos en la habitación. Nos miró y mi marido, que me estaba follando, me inclinó hacia él y me abrió las nalgas. Trate de escapar pero no pude, pues sabía lo que me iba a pasar, y así quedé en espera, con mis nalgas bien abiertas, hasta que sentí que una polla hacía blanco en mi ano, y empecé a gemir del dolor, pero ellos nunca pararon y el que me penetraba por el ano la dejó ir hasta dentro, haciéndome sentir el choque de sus bolas con mi trasero, mientras mi marido, en mi chocho, no dejaba de moverse.
Después de un buen rato de follarme mis dos agujeros, me pusieron de rodillas e hicieron que abriera la boca y sacara la lengua, entonces ellos empezaron a eyacular en mi boca.
La verdad es que nunca me había gustado mucho tragar semen, pero creo que estaba tan excitada, que me lo trague y después les chupé las pollas hasta dejárselas limpias.

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Luego me pusieron a cuatro patas y todos, incluyendo a mi marido, hicieron fila para meterme sus vergas. Nunca había sentido tantas pollas diferentes en una sola sesión. Eran cinco pollas diferentes.
Tenía una en el coño, otra penetrándome el ano, mientras a los otros tres, frente a mí, les chupaba las pollas. Estaba atendiendo a cinco a la vez. No lo podía creer, pero tampoco podía parar y era tal la excitación, que tuve como 10 orgasmos en un momento y después, de rodillas, recibí el semen de todos.
Al terminar me llevaron a casa. Me dolía todo el cuerpo, principalmente la boca de tanto mamarla. A la mañana sonó el teléfono y era mi marido que me dijo que le había gustado como me había comportado, pero que recordara que teníamos otra cita para hoy.
– No te preocupes – le dije – allí estaré para que veas que haré todo lo que me pidas.
Al día siguiente, domingo por la tarde, él estaba esperándome en el parque junto al cine, nos saludamos y fuimos directo al local, entramos, vimos un rato de película, nos tocamos y luego nos fuimos para las filas de atrás a seguir con lo nuestro.
A los pocos minutos, ya estaba bajándole el pantalón a mi marido y comenzaba a besarle la polla, que tenía muy erecta de ver la película. Al momento en que yo hacía eso otro chico se nos acercó, me hizo levantar quedándome inclinada para poder seguir mamándole la verga a mi marido, luego se deslizó debajo de mí y como yo no llevaba bragas, comenzó a penetrarme el coño con toda fuerza, mientras otro se acomodaba por detrás y comenzaba a penetrarme por el culo. Yo no sentía dolor, solo placer, y estuvieron así mucho rato turnándose para follarme entre todos.
Unos se corrían en mi boca y en mi coño y culo o encima de mí. Mi cuerpo estaba lleno de ese néctar tan hermoso llamado semen y cuando ellos se fueron, aparecieron tres tipos nuevos que estaban excitados viendo la película, y cada uno con unas deliciosas trancas en su mano acariciándolas, pero la que más me atrajo en medio de la tenue luz, era la de un negro. Era grandísima, nunca había visto una tan grande y tan gruesa. Yo estaba junto a mi marido totalmente desnuda y no me hice de rogar y al ver la verga del negro sentí nuevamente unas ganas inmensas de tener sexo.
La situación se estaba poniendo complicada porque todos los tíos que estaban en el cine, no paraban de mirarnos, y le propuse a mi marido ir a otro lugar.

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Cogimos una habitación en un hotel y estuvimos hasta que se hizo de día, por supuesto que el negro vino y un par de amigos más. Lo que ocurrió os lo contaré otro día, porque fue largo e intenso.
Lo que si os puedo adelantar, es que mi marido volvió y no me dejó nunca más.
Besos calientes para todos.

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