Relato erótico

Puro vicio

Charo
25 de noviembre del 2018

Estaba en el pub de un amigo hablando con él en la barra ya que no había demasiado ambiente en el local. Entró una pareja de mediana edad. Ella era espectacular. Se acercó a él para pedirle fuego y a partir de ese momento todo lo que le pasó fue puro vicio.

Enrique – Vitoria
Amigos de CLIMA, era un miércoles de otoño, estaba en la barra del local charlando con el propietario, pues era un día sin apenas movimiento, cuando entró una pareja. Era la primera vez que iban a aquel local puesto que ni el dueño los recordaba. Se sentaron en la barra, ella era una mujer de unos 40 años, con un buen cuerpo y unos pechos que eran todo un monumento, quizás una talla 100 ó más, su culo era firme y apetecible, vestía zapatos de medio tacón, falda, medias y una blusa algo escotada que remarcaba sus grandes pechos. Él rondaba los 50 años, bien conservado y con aire algo serio.
Al rato fue ella quien se acercó a mí para pedirme fuego, le dije que no fumaba, pero cogí unas cerillas de la barra y le encendí el cigarrillo.
– Me llamo Raquel – dijo – ¿Y tú?
– Enrique.
– Enrique, mi marido Jaime – añadió mientras me señalaba a su marido al cual le di la mano.
– ¿Bailamos Enrique? – me dijo ella de pronto.
Mire a Jaime y este al ver que yo dudaba dijo:
– Id y pasarlo bien, a mí no me gusta bailar.
Cogí a Raquel de la mano y la llevé a la pista, ella rodeó mi cuello con sus brazos y apoyó su cabeza sobre mi pecho, mientras su marido nos observaba sentado en la penumbra. Con una mano le rodeé la cintura y con la otra fui acercándome a su culo, como ella no decía nada, solo se apretaba contra mi paquete, aprovechando la semi oscuridad, le levanté la falda y me puse a acariciar su culo, notando para mi sorpresa no llevaba bragas. Entonces ella deslizó una de sus manos hasta mi polla, que ya estaba dura.
Sin decir nada me abrió la bragueta, sacó mi polla y sin importarle el lugar donde nos encontrábamos, se arrodilló y se puso a chupármela. Pasaba su ágil lengua por el glande y a lo largo de la polla, mordisqueaba mis huevos. Luego se puso a masturbarme con su boca hasta que ya no puede más y descargué de lleno dentro de ella. Raquel no desperdició ni una gota, se tragó todo mi semen, limpió mi polla con su lengua y boca, me besó y me dijo:
– Espérame en la barra que voy a arreglarme un poco.
En la barra estaba su marido esperando, cuando llegué me pidió una copa y me preguntó:
– ¿Qué tal?
– Oh, muy bien – dije con cara de circunstancias.
– ¿A qué hace unas mamadas estupendas?

– Sí, realmente increíbles, pero podrías haber participado con tu mujer – le dijo como sintiéndome culpable.
– Otro día.
En eso que llegó Raquel, besó a su marido en la boca, mientras vi como le tocaba el paquete y luego me volvió a besar.
– ¿Qué tal con Enrique, Raquel? – preguntó su marido.
– Muy bien.
– ¿Te parece que…?
– Sí, de momento, si tú quieres.
– Toma Enrique – dijo Raquel al tempo que me daba un papel – mi teléfono particular. Llámame y lo pasaremos bien
Dicho esto su marido pagó las copas y se marcharon. Pasé mucho rato pensando en todo lo ocurrido y me decidí usar aquel teléfono para saber qué ocurriría. Alos dos días llamé, parecía contenta de que lo hubiera hecho y me citó en su casa. Cuando daban las cinco en punto del día de la cita, llamé al timbre de la dirección que me había dado, abrió Jaime el cual me saludó efusivamente, me llevó a un pequeño salón y me dio una copa.
– ¿No está Raquel? – dije sorprendido pues no pensaba que fuera a estar el marido, me había hecho a la idea de que íbamos a follar los dos solos.
– Sí, se está vistiendo – dijo Jaime remarcando la última palabra.
Al poco apareció Raquel, con una bata hasta los pies y con unos tacones de aguja, su pelo recogido dejaba a la vista un sensual y grácil cuello adornado por un pequeño collar de perlas. Jaime y yo nos levantamos para saludarla, él, la beso en la boca, luego ella se acercó a mí e hizo lo mismo. Jaime, como si nos conociéramos de toda la vida, tomó a su esposa de la mano y la llevó al centro del salón mientras me decía:
– Hoy quiero que Raquel y tú disfrutéis al máximo – al tiempo le quitó la bata a su esposa – ¿Te apetece? – me dijo mostrándome a su mujer, ya sin la bata.
Ahora veía aquel cuerpo que vislumbré en la penumbra del local, vestido de fina lencería, llevaba un body negro que le dejaba los pezones de las increíbles tetas fuera, y del body salían una ligas que sujetaba unas medias de seda, pero no llevaba bragas y su coño parecía el de una niña, todo depilado. Estaba francamente como para follarla y no parar, mi polla se puso dura solo con el pensamiento de romper ese magnífico culo. Ella se acercó a mí, puso una pierna encima de la mesa de la sala y separando con sus dedos los labios de su vulva me dijo:

– ¿Te gusta?
– ¡Sí!
– ¡Pues cómetela!
Me acerqué, agachándome me puse a chuparle aquel coño que pedía a gritos ¡fóllame! ¡Cómeme! Mientras, Jaime le mordía los pezones, la besaba en el cuello o le daba lametazos en el culo. Raquel gemía, cada vez más fuerte y de pronto ella me agarró la cabeza por los pelos para que le hundiera más la lengua en el fondo y pude ver como su marido le había clavado la polla en el culo. Como pude me aparté y apenas me saqué la polla que ella se lanzó a chuparla mientras Jaime la seguía embistiendo por el culo. Este enseguida se corrió y se fue al baño. Entonces Raquel me empujó hasta el sofá, en un abrir y cerrar de ojos me quitó los pantalones y se sentó encima de mi polla y su coño, lubricado por mis lametazos y sus corridas, se tragó mi verga. Ella estaba cabalgando mientras me besaba con pasión, con vicio, cuando Jaime se acercó y dijo:
– Ahora vuelvo.
Allí estaba yo solo con aquella hembra hambrienta, furiosa por follar. Ella se había corrido varias veces cuando notó que yo iba a hacerlo, entonces apretó los labios del coño para que yo resistiera un poco más, se salió, cogió mi polla en una mano, le dio dos masajes y esta explotó en su boca, volviendo a tragarse todo el semen, y luego su lengua recorrió cada milímetro de mi verga limpiándola.
– Ven – me dijo mientras me daba la mano.
Fuimos al dormitorio, este era amplio, con espejos por todas partes, en el techo, las paredes, ella se echó en la enorme cama separando sus piernas y me dijo:
– Ahora te toca a ti limpiarlo
Me sumergí en aquel chorreante coño lleno de nuestros jugos, mientras ella me aprisionaba con sus piernas. Raquel jadeaba, se convulsionaba de placer. Yo no tardé en volver a tener mi polla dura, ella se percató e incorporándose se quitó el body y los zapatos dejando solo sus medias. Al volver a la cama la puse a cuatro patas, pero ella al ver que quería encularla me dijo:
– No, eso déjalo para otro día.
Entonces se la volví a meter en el coño y allí me corrí, dando por terminada la sesión. Una vez vestido, mientras ella se arreglaba, me fui a la sala junto a Jaime, este me alargó una copa nada más verme y nos sentamos.
– ¿Supongo que lo habéis pasado bien? – dijo.
– Sí, tu mujer es estupenda.
– Sí, es una auténtica máquina en la cama, nunca tiene suficiente.

– Tienes una joya.
– O un castigo – dijo con sorna.
– Venga, Jaime, que hombre no desearía tener una mujer ardiente como la tuya.
En esto apareció Raquel y me dio la sensación de que estaba más guapa que nunca, llevaba unos vaqueros muy ceñidos con camperas por fuera y una camiseta ajustada que le marcaba los pezones.
– ¿Qué os parece si el viernes salimos a cenar los tres? – dijo de repente Jaime.
– No quisiera molestar – dije sin mucho entusiasmo.
– No, no es molestia, además estoy seguro que mi mujer nos preparara alguna sorpresa ¿no mi amor?
– Puede – respondió misteriosamente
Las 48 horas que faltaban para la cena me parecieron eternas, ¿qué sorpresa me reservaba, me dejaría su culo o no? Llegó el día y me dirigí al restaurante, allí el camarero me acompañó a un reservado donde me esperaba ella, su marido no había llegado. Al verme se levantó y me saludó. Llevaba un vestido largo, abierto por un lado y con un amplio escote en la parte de atrás que llegaba hasta el final de la espalda, el pelo recogido y uno zapatos de tacón alto. En cuanto el camarero salió y cerró la puerta del reservado, ella besó mi boca y nuestras lenguas se entrelazaron mientras su mano se deslizaba hacia mi polla, que ya estaba rígida, le levanté la falda y apartando el tanga le introduje un dedo en el agujero de su culo. Ella apartó mi mano y me susurró:
– Más tarde.
– ¿Tu marido no viene?
– Está ocupado, vendrá a los postres.
El camarero tomó nota de nuestra cena y en el transcurso de la misma Raquel no paró de juguetear con sus pies y mi polla, no paraba de coquetear, de lanzarme indirectas sobre mi deseo de poseerla por el culo. Yo estaba a punto de explotar, me dolía la polla de tenerla tan erecta y vi como sonreía maliciosamente al saber que estaba caliente. Cuando Raquel pidió al camarero postre para dos, al poco llegó Jaime. En cuanto trajeron el postre iba a comenzar a tomarlo, cuando Jaime me detuvo diciendo:
– No, Enrique, tú tienes otro postre.
Se tomaron el postre mientras yo observaba y cavilaba en que tendrían preparado. Cuando terminaron el camarero trajo dos cafés y retiró cosas de la mesa, Jaime salió y al poco volvió, aunque con el tiempo supe que había dado una propina al camarero para que nadie molestara, cerrando la puerta.
– Bueno Enrique, ahora voy a buscar tu postre.
Jaime se levantó y cogiendo a su esposa de la mano, la acercó a la mesa, Raquel apoyó las manos en ella, poniendo su culo en pompa hacia mí, su marido le desabrochó la falda desde abajo hacia arriba mediante una pequeña cremallera. Ante mí estaba aquel esplendido culo, adornada con unas ligas y un pequeño tanga. Entonces Jaime le rompió el tanga y me dijo:
– ¡Encúlala, es tu postre!

No tuvo que repetírmelo, deseaba tanto ese agujero y estaba tan caliente que me puse a lamer el ano de Raquel, luego lo lubriqué con un poco de aceite de oliva, mientras ella me miraba lascivamente, encaré mi polla en su ano y apreté. No me costó mucho penetrarla. Ella gimió, volví a sacarla y se la clave de nuevo de un golpe, notando que le gustaba ser enculada con fuerza así que sacaba mi polla y se la clavaba con todas mis fuerzas y así, de las enculadas su pelo se soltó. Raquel se mordía los labios para no gritar, su marido observaba mientras fumaba un cigarrillo.
Encular a una hermosa mujer en un lugar público, mientras su marido observaba con atención, era muy excitante, pero lo que no sabía era que aquello era el principio de una extraña y terrible historia y yo ignoraba que era un mero juguete en aquel juego.
Hasta pronto.

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