Relato erótico

Necesitaba cariño

Charo
10 de mayo del 2018

Tiene una gestoría y el trato con clientes es diario. Fue a su despacho una mujer madura, metidita en carnes y quería que le tramitara unos documentos. Al poco rato de estar con ella le contó que era viuda, y ganando confianza le dijo que hacía tiempo que no estaba con un hombre. Al día siguiente volvió y se le insinuó descaradamente. La carne es débil y no dudo en darle una ración de sexo.

Bernardo – Málaga
Estaría yo por los 45 años y con un físico aceptable debido a la práctica deportiva, por mi trabajo tenía mucho contacto con el público, facilitando trámites burocráticos. Una mañana requirió mis servicios una señora tan bien vestida, entrada en años de entrada aparentaba entre 55 y 60.
La atendí en los trámites que necesitaba y la señora se enrolló contándome cosas de su vida, no había que ser muy avispado para darse cuenta de que se encontraba muy sola. La entrevista terminó sin más y quedamos para otro día a fin de continuar con los trámites. A la mañana siguiente volvió y empezó a manifestar su admiración por el trato recibido y volvió a largarme el rollo sobre su vida.
Viuda desde hacía casi 20 años y sin ninguna aventura en todo este tiempo. La verdad es que no me extrañó mucho ya que no era ninguna belleza, la escuché con paciencia y soltándole de vez en cuando frases cariñosas y atrevidas que ella recibía con sumo agrado. Esta vez le dije que el papeleo se demoraría unos días a pesar de lo cual al día siguiente volvió a presentarse y a la primera frase amable que le solté después de que ella hablara de que ya no estaba para despertar ningún tipo de atracción.
-Que va mujer si todavía está usted para excitar a un hombre.
-¿Usted se excitaría conmigo? me dijo acercándose hasta casi tocarme.
En aquellos momentos no pensé nada, recordé mis experiencias de adolescente con mujeres maduras y cogiéndola por la cintura me pegué a ella dándole un morreo de campeonato.
Elvira, (así se llama), no se cortó un pelo y agarrándome la cabeza me metió la lengua hasta la campanilla, mientras nos besábamos mis manos bajaron por debajo de sus pistoleras, (tremendas), y le fui levantando las faldas hasta meter mis manos por debajo de sus nalgas.
¡Sorpresa! caray con la señora, iba sin bragas y se había puesto unas medias abiertas por el centro de las que dejan al aire la parte del chocho y el ano. Al darme cuenta de la calentura que acumulaba Elvira, me lancé a meterle mano sin ningún tipo de recato, le abrí la camisa y desabroché el sujetador, de cierre delantero, un par de tetas medianas cayeron como dos bolsas de manteca, blancas y flácidas, pegué mis labios a sus pezones mientras sobaba con mis manos su carne trémula.
Ella no hacía nada, solo gemía y fingía que aquello iba contra su voluntad, después 20 años sin haber sido penetrada recibir un apéndice de más de 20 cm. podía ser doloroso.

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Me ayudé de los dedos para separar sus labios vaginales y entré el glande sin ningún problema, seguí ganando terreno entre sus constantes gemidos y recriminaciones a los que no hice el menor caso ya que me había dado cuenta de que le encantaba quejarse de todo y enterré el nabo al completo, iniciando el vaivén del placer, la verdad es que yo estaba disfrutando de lo lindo con aquella mujer tan poco atractiva con aquellas carnes tan blandas, en uno de los bombeos se me salió del todo y al volver a meterla equivoqué el agujero y le metí todo el glande en el culo.
La bronca que me pegó fue tremenda:
-¡Por aquí no, so guarro, pervertido!
La saqué de inmediato y se la volví a meter por delante mientras me disculpaba.
-De verdad ha sido sin querer…
-¡Una mierda! que se cree que soy ¿tonta?
No paró de abroncarme, pero yo a lo mío, la agarré por la cintura y empecé a bombear con fuerza para acabar cuanto antes con aquel polvo tan peculiar. Se sostenía a duras penas con los codos sobre la mesa y sus colgantes tetas se columpiaban deslizando los pezones.
Sus quejas, las tetas, el tacto de sus muslos y una mezcla de olor a sudor y coño hicieron un efecto determinante en mi excitación y me corrí con verdadero frenesí, nos limpiamos con papel higiénico y me despedí con toda la cortesía que pude, aunque de buena gana la habría mandado a paseo ya que no paró de refunfuñar en ningún momento.
-¡Usted no sabe tratar a una mujer! ¡No me ha gustado nada! etc., etc.

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Cuando se largó me quedé preguntándome como podía habérmelo montado con aquella cascarrabias. La verdad es que al principio me cautivó la idea de hacer feliz a alguien con tanta carencia de afecto y placer pero después…
En fin supongo que ya puesto el motor en marcha es difícil parar.
Pensé que no volvería a verla. ¡Que iluso! a la mañana siguiente ya me llamaba por teléfono invitándome a su casa.
Un saludo.

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