Relato erótico

Me sentia abandonada
Decidieron ir al pueblo de su marido para hacerse cargo de la finca que había heredado de su abuelo. En cuanto llegaron, el trabajo lo absorbió y, cada vez estaba menos en casa y se sentía desatendida.
Carmen – Jaén
Resulta, Charo, que Ricardo mi marido y yo después de tres años de casados, decidimos mudarnos a su pueblo, para poder administrar mejor la finca que había heredado de su abuelo. Desde que llegamos fuimos recibidos cordialmente, tanto por su familia, como por gran parte de sus amigos de la infancia y de su juventud. Ricardo es contable y eso de administrar y llevar negocios se le da muy bien, al punto que apenas nos habíamos instalado en la gran casa de la finca, le comenzaron a llover pedidos de las otras fincas para que él se hiciera cargo de toda su contabilidad.
Hasta esos momentos, la verdad me sentía de lo más ilusionada, pero al poco tiempo su trabajo comenzó a absorberlo mucho, al punto que había días que se acostaba sin hablarme prácticamente. Luego, para completar, comenzó a salir con sus amigos, y en ocasiones no era que no llegara a casa, sino que se los traía a todos y me tocaba a mí que atenderlos mientras él y sus amigotes se ponían a recordar cosas de su niñez. En ocasiones me molestaba, pero no se lo hacía ver, para no formar un show en la casa.
Pero a pesar de tratar de controlarme, siempre algo se me debía notar ya que uno de sus más grandes amigos, comenzó a sencillamente a preocuparse mucho por mi estado de animó. Durante esas visitas en principio él compartía con Ricardo y el resto de sus amigos un rato, pero luego Pedro, que es como se llama dicho amigo de mi marido, se dedicaba a charlar conmigo en uno de los corredores de la casa. Pensar que cuando estaban hablando sobre problemas de falda, el tal Pedro era el primero en decir que él, como buen amigo sería incapaz de hacerle una proposición deshonesta a la mujer de un amigo suyo. Alguno se burlaba de sus expresiones, pero la mayoría las tomaba en serio ya que dicho individuo tenía fama de jamás faltar a su palabra, fuera cual fuera la circunstancia en que la hubiera dado.
Durante un buen tiempo me acostumbré a la presencia de Pedro, aparte de que era un magnifico conversador, también resultaba ser una persona que sabía escuchar. Pedro pasó a ser mi paño de lágrimas, como quien dice. Mientras que Ricardo poco era el caso que me hacía realmente, por lo que cuando llegaban los fines de semana yo íntimamente deseaba su llegada. Para colmo de males un buen día me doy cuenta de que a mi marido le encantaba ver películas porno, y en su despacho tenía un archivo completamente lleno de esas películas, en VHS. Sin que él se diera cuenta, yo comencé a mirarlas también, lo que me trajo en consecuencia el que comenzara a pensar en el sexo de manera casi constante.
Para completar la finca, la familia de mi marido se dedicaba a la recría de reses para carne y leche, por lo que era común ver como le soltaban las vacas a los sementales, y estos realizar con tanto esmero su labor. En ocasiones desde una de las ventanas de nuestra habitación, podía ver casi en primera fila sin que nadie me viera, como los toros montaban a las vacas, y en el fondo llegué hasta envidiarlas. Aunque desde niña en el colegio de las monjas nos decían que no debíamos tocarnos bajo la falda a no ser que no fuera por cuestiones de aseo personal, y de manera muy reservada, yo con el tiempo descubrí lo bien que me sentía cuando me acariciaba el coño yo misma, por lo que de vez en cuando, cuando mi marido no me atendía por estar tan inmerso en su trabajo, yo esperaba que él saliera y rápidamente me ponía a ver una de esas películas, como ya les dije sin que se enterase, me encerraba en nuestra habitación y a medida que pasaba la película me masturbaba.
A las pocas semanas, me pude controlar gracias a los consejos del amigo de mi marido, que, cuando le conté lo que hacía me dijo que me pusiera a caminar, que dejase de ver esas cintas, que ocupase mi tiempo en cosas constructivas, y realmente eso funcionó en parte. Hasta cierto momento, en que Ricardo sencillamente no se daba cuenta de que yo existía. Llegó uno de esos fines de semana y ante la expectativa de que Pedro apareciera, se me metió entre ceja y ceja, el seducirlo. Pero para serles franca no sabía como hacerlo, lo único que tenía de referencia eran los videos, en los que yo veía que cuando una tipa de esas se quería acostar con un hombre, sencillamente le mostraba sus partes intimas, además de ser sumamente complaciente con esa persona, pero como les dije eso eran los videos, y realmente en el fondo tenía un miedo tremendo de lo que pudiera suceder.
Al final, entre una cosa y otra, me armé de valor, ya que de paso me encontraba molesta con mi marido, pues una de las cocineras me vino con el chisme de que lo habían visto entrando temprano y saliendo tarde, del burdel que hay a las afueras del pueblo. Yo me imaginaba que algo de eso podía estar pasando. Entonces decidí seducir a Pedro de manera particular, primero me puse una ropa bastante llamativa, que desde luego mi marido ni atención le puso. Después de la acostumbrada reunión del viernes en la noche Pedro, como de costumbre, se sentó frente a mí en uno de los corredores de la casa. Él sí que se dio cuenta de inmediato de mi ropa, y aparte de alabar mi buen gusto por mi manera de vestir, le prestó una mayor atención a mis piernas y yo, por aquello de darme algo de valor, comencé a tomar una copita de vino mientras charlaba con el amigo de mi marido.
Ocasionalmente cambiaba mi posición al sentarme, con toda la intención de llamar más su atención sobre mis piernas y cada vez que lo hacía me sentía un poco más atrevida, mientras que el tal Pedro miraba discretamente mi oculto coño tras las bragas, o se extasiaba viendo mis pechos que prácticamente se encontraban casi totalmente fuera de mi blusa. En una de esas, pude observar un enorme bulto en sus entrepiernas, pero discretamente oculto bajo sus manos. En esos momentos nuestra conversación se tornó algo atrevida. Habíamos comenzado hablar sobre el negocio de Ricardo, en términos generales y durante los últimos cinco minutos el tema era sobre un condenado toro, y de la manera en que se tiraba a las vaquillas.
De pronto me dieron ganas de ir al baño, y tras disculparme por un momento con la excusa de ver que todo el mundo fuera debidamente atendido, entré a orinar y al terminar se me ocurrió quitarme las bragas para ver como actuaba Pedro. Al regresar apenas me senté frente a él, le dejé ver, abriendo mis piernas y sin vergüenza alguna de mi parte, que no tenía nada puesto. Él desde luego se dio cuenta de ello de inmediato pues su mirada quedó fija entre mis piernas y eso lo delató al momento, mientras que mi marido se dedicaba continuar charlando y bebiendo con el resto de sus amigotes sin poner la menor atención a mí.
Pero como que continuar en ese mismo sitio sería demasiado arriesgado de mi parte el que yo continuase con mi plan, se me ocurrió sencillamente el pedirle a Pedro que ayudase a colocar el nuevo equipo de DVD en mi habitación, el último regalo que mi marido me había hecho. Él aceptó gustoso, y sin llamar la atención nos dirigimos al dormitorio de mi marido y mío, asegurándome que nadie del servicio nos fuera a ver, por Ricardo no me preocupaba, estaba muy excitada, completamente loca pero sin idea de que era lo que yo pensaba hacer en ese momento. Pero fue Pedro quien lo solucionó.
De pronto, ya en el dormitorio, sentí el cuerpo del amigo de mi marido que me abrazaba, me apretaba contra él y yo, sencillamente, me dejé llevar, entregándome por completo entre sus brazos. Contrariamente a Ricardo, al que amo, a Pedro sencillamente lo deseaba, pero como estaba rabiosa con Ricardo decidí continuar hasta lo último con uno de sus mejores amigos. Las manos de Pedro me acariciaban toda, las sentí en un momento sobre mis desnudas nalgas, y eso aparte de darme algo de vergüenza, el solo roce caliente de sus manos sobre mi piel, me excitó bárbaramente. Ambos nos besábamos como unos desesperados y a los pocos segundos yo ya me encontraba casi del todo desnuda, con mi ropa a mis pies, mientras que algo desesperada comenzaba a tratar de quitarle la ropa a él. Por debajo de la tela de su pantalón podía sentir el calor y lo duro de su miembro, contra mi piel.
Apenas le fui bajando el pantalón y su ropa interior, dejé en libertad su verga, erecta en un ángulo de más de 60 grados, y como yo me encontraba casi arrodillada ante Pedro, con mi rostro tan cerca de su cosa, que nada más me bastaba sacar la lengua para tocárselo. En ese momento levanté mi vista y tras ver en su rostro el deseo de que se lo mamase, sin perder tiempo comencé a lamer, chupar y hasta mordisquear su erecta verga. Me comportaba como una loca chupando y acariciando su polla. Y pensar que a mi propio marido me he negado hacerle eso tantas veces. Pero en el caso de su amigo era algo completamente distinto, como sí para mí fuera casi una necesidad el chuparme su polla.
Después de un buen rato, él mismo me hizo detener, me imagino que por no correrse dentro de mi boca, y continuar haciéndolo de otras maneras. Me levantó del piso, y me acostó boca arriba sobre mi cama, yo esperaba deseosa sentir su pedazo de carne dentro de mí, pero en lugar de eso, comenzó acariciar mi clítoris con alguno sus dedos, mientras que con los de la otra mano, comenzó a penetrarme suavemente, primero con un par de ellos, pero poco a poco me fue introduciendo los demás y hasta gran parte de su mano mientras que, con su boca no sé como se las arregló para chuparme los pezones de mis tetas. En esos momentos alcancé uno de los más divinos orgasmos que en mi vida había sentido, pero eso no se quedó así pues, sin perder tiempo, él comenzó a lamerme el coño como si se tratase de un animal.
Yo sentía como que mi clítoris iba a estallar, el placer era tal que por un buen rato me mantuve con mis ojos cerrados, sin importarme que en cualquier momento apareciera mi marido. Cuando Pedro dejó de mamarme el coño, se colocó sobre mi cuerpo y el sentir su caliente y dura verga dentro de mí, es algo imposible de olvidar. Tras un rato en esa posición cambiamos y me colocó boca abajó, pero para volverme a penetrar por el coño, divinamente. Yo volví a tener otro profundo orgasmo, y creo que mis gritos de placer se debieron escuchar hasta en Pequín.
Cuando yo pensaba que todo estaba por terminar, sacó su verga de mi coño y volvió a introducirme alguno de sus dedos dentro de él de manera tan particular, que casi me orino encima. Pero a medida que me toqueteaba el coño sabrosamente, Pedro comenzó a meter algunos de sus dedos llenos de saliva por mi culo, lo que me asustó algo, ya que jamás ni mi marido siquiera, me había hecho eso. Pero era tan sabrosa la manera en que me estaba metiendo parte de su mano dentro de mi coño, que realmente dejé de prestarle atención a sus dedos dentro de mi culo. Hasta que dejó de hacerlo, y sin decirme nada me agarró y me puso boca arriba de nuevo, me hizo levantarlas las piernas y me la metió por el culo de un solo golpe, grité pero acabé corriéndome de nuevo al recibir en mi recto la enorme descarga de su leche.
Hoy en día es mi amante y continuamos manteniendo relaciones. En ocasiones mi marido se ha llegado acostar aun con la cama algo caliente por la estadía de mi amante. Pero ni cuenta de eso se ha dado, el pobre.
Besos y gracias por leerme.



