Relato erótico

¡Me impactó!

Charo
30 de enero del 2020

Aquel fin de semana la conoció. Era la chica que ayudaba en casa de su padre para cuidar a sus hermanas. En cuanto la vio supo que, más tarde o más temprano, estaría con ella.

Joan – GERONA
Amiga Charo: lo que te voy a contar ocurrió cuando yo acaba de cumplir los 19 años. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía dos años, y desde entonces, yo pasaba los fines de semana en casa de mi padre y su nueva mujer. Dado que solo había dos habitaciones, una para mi padre y su mujer y otra para mis hermanas, yo dormía en un sofá en la planta baja. Un fin de semana llegué como siempre para quedarme y me di cuenta que tenían una nueva sirvienta. Se llamaba Carmen, tenía veintidós años, y en principio en realidad no me fijé en ella, ya que era bastante fea de cara. Siguieron pasando los fines de semana y en una ocasión Carmen se encontraba lavando los platos y el agua había salpicado su pecho, haciendo que su playera se transparentara.
Jamás lo había notado, pero Carmen tenía unas tetas enormes y duras, con unos pezones grandes y tiesos. La polla se me levantó de inmediato, y esa noche, recostado en mi sofá, me masturbé pensando en esos pechos. Algún tiempo después, mi padre decidió que nos fuéramos todos de fin de semana a la costa, y su mujer decidió llevarse a Carmen para que cuidara a mis hermanas, que en ese entonces eran muy pequeñas, y así poder descansar ella a gusto. Nada pasó durante el viaje, pero en el camino de regreso, mientras veníamos en la camioneta rumbo a casa y eran como las once de la noche, se me ocurrió una idea. Mis hermanas estaban dormidas en la parte de atrás de la camioneta, mi padre conduciendo y su mujer junto a él. En el asiento trasero íbamos Carmen y yo. A excepción de mi padre, todos estaban dormidos.
Con mucho cuidado, viendo al mismo tiempo en el espejo retrovisor para cerciorarme de que mi padre no se daba cuenta, puse una mano sobre los pechos de la Carmen. Ella solo se movió un poco, pero no se despertó. Continúe sobando esas tetas duras y tentadoras, mientras con la otra mano me acariciaba la polla, y ella no despertaba. Yo ya estaba súper caliente, en un momento no pude resistir y le apreté un pezón con mis dedos índice y pulgar. Ella se quejó y se movió, pero como mi padre se giró por el retrovisor, yo tuve que hacerme el dormido. Llegamos a casa a la una de la mañana, y a pesar de que aún estaba muy caliente, me quedé dormido de inmediato, ya que el viaje me había cansado mucho.
A eso de las tres me desperté y vi con asombro que era Carmen que me estaba moviendo con la mano. Le pregunté que quería y me dijo:
– Hay un ratón en mi cuarto y tengo miedo.
Yo, sin sospechar nada, la mandé a paseo y le dije que me dejara dormir. Ella insistió para que yo fuera a matar al ratón, y yo, bastante molesto, accedí. Nos dirigimos al cuarto de servicio, donde ella dormía y tomé una escoba durante el camino para matar al ratón. Ella iba delante de mí, y aún cuando estaba oscuro, no pude dejar de notar que solo llevaba una playera blanca y unas bragas de algodón.

Tenía unas nalgas bastante grandes y morenas, como toda ella. Cuando entramos en el cuarto pregunté que donde estaba el ratón. Carmen no me respondió, solo me tomó de los hombros, me giró y comenzó a besarme. La verdad es que besaba bastante mal, con mucha desesperación, y me llenaba la cara de saliva, pero no me importó.
De inmediato le agarré los pechos y comencé a sobarlos y a apretarlos. Estaban increíblemente duros. Los pezones ya estaban tiesos. Entonces cogí su playera por la cintura y se la quité, brotando dos enormes pechos, muy morenos y con unas aureolas muy grandes. Los pezones eran grandísimos y estaban muy tiesos. Cuando comencé a chupar esas ricas tetazas y a morder los pezones, muy fuerte, Carmen solo daba quejidos pero me dejaba hacer y no decía nada. Al rato, mientras seguía mordiendo sus tetas, una de mis manos bajó a sus nalgas y comenzó a apretarlas. También estaban bien duritas. Ya para ese entonces mi polla estaba a punto de estallar.
Pronto empujé a Carmen sobre la cama, me acosté junto a ella, y sin dejar de lamer sus tetas, y mientras ella me acariciaba la cabeza, le arranqué las bragas a tirones y comencé a acariciar su raja. Era increíblemente peluda, y estaba muy mojada. Era la primera vez que tocaba el coño de una mujer y se sentía muy bien, olía delicioso. Era mi primera vez, así que ni siquiera se me ocurrió buscar su clítoris. Simplemente la acariciaba toda, pero ella gemía de gusto, mordiéndose los labios para no hacer ruido y despertar a los demás.
En un momento determinado, mis dedos encontraron la entrada de su vagina y entonces introduje dos de ellos de un golpe. La sensación era indescriptible, cálida y suave, húmeda y apretada. Me moría de ganas de metérsela, como lo había visto infinidad de veces en revistas y películas, pero también me encantaba la sensación de penetrarla con los dedos. No sabía que hacer. Carmen comenzó a susurrar pero yo no sabía qué era lo que quería decir, aunque me imaginé que quería que ya me la follara. Me levanté de la cama, ya que yo solo llevaba puesto el pantalón del pijama y me desnudé en un santiamén.
Carmen estaba tendida sobre la cama, con las piernas abiertas y su raja mojada y lista. Mi polla estaba a cien, con la cabeza roja y grande y la piel echada hacia atrás. Me subí en ella, pero no podía encontrar donde meter mi polla por lo que Carmen me la cogió de la base con su mano, mientras con la otra abría los labios de su raja. Al sentir que estaba ya en la entrada, la dejé ir de un solo golpe. Carmen dio un gemido y yo me quedé quieto, disfrutando esa sensación, del interior de su coño apretando deliciosamente mi polla. Es algo que solo pueden entender aquellos que recuerdan su primera vez. Era sabroso y extraño al mismo tiempo, como sentir que unos labios aprietan la base de tu pene y a la vez estás penetrando en el vacío.
Puse mis manos en sus tetas, y mientras las apretaba y la besaba en la boca, comencé a moverme de arriba hacía abajo, metiendo y sacando mi polla de su raja, mientras ella solo decía en voz baja:
– ¡Que gusto… aaah… que gusto!

Ella me besaba y me metía la lengua en la boca. Era la mejor sensación del mundo. Semanas antes me la pelaba pensando en sus tetas, y ahora la tenía debajo de mí y mi polla estaba dentro arañándole las entrañas. Como es de imaginarse, no duré mucho tiempo, y arrojé varios chorros de leche dentro de ella, luego me recosté a su lado, mientras ella me acariciaba la cabeza y me besaba, quedándome dormido casi de inmediato abrazado a ella.
Me desperté no mucho rato después, y le dije que me iba al sofá, no fuera a despertarse mi padre y nos encontrara. Le di un beso en los labios pero me cogió del cuello y siguió besándome. Mi polla volvió a levantarse de inmediato, así que me volví a acostar y continuamos besándonos. Yo acariciaba su coño, que se encontraba ahora más mojado que antes, mitad por la excitación y mitad por mi leche que se escurría entre sus muslos. Seguí dándole con los dedos y sin querer, en un momento rocé su ano. Ella lanzó un gemido de sorpresa, pero yo seguí explorando ese hoyito delicioso. Ella decía:
– ¡No, por ahí no…!
A mí me importó poco y cuando quise meter un dedo me encontré con que estaba muy apretado y algo seco. Me eché saliva en los dedos y seguí intentando hasta que al fin pude meter completo uno de mis dedos. Era la cosa más rica del mundo. Quizá porque le dolía, Carmen me cogió la manó y me obligó a sacarle el dedo, diciéndome:
– ¡Fóllame! – poniéndose a cuatro patas.
Era increíble ver su enorme culo al aire, y mi primer pensamiento fue metérsela en el ano, pero cuando me puse detrás de ella, cogió mi polla con su mano, la dirigió hacia su coño y comencé a follármela así, como una perra, y era delicioso. Hasta la fecha, es mi posición favorita, pero ya que no me había dejado meter mi polla en su ojete, decidí volver a meterle el dedo, y así lo hice. Mientras la follaba así, por detrás, metía mi dedo en su ano, hacia adentro y hacía afuera. Dado que hacía solo poco rato que habíamos follado por primera vez, en esta ocasión pude durar más.
Después de un rato, ella me pidió que cambiáramos, me tumbó boca abajo y se sentó sobre mí. Esta vez, entre sollozos queditos y ahogados, por fin pudo correrse, mientras yo volvía a eyacular dentro de ella.
Los dos años de educación sexual que me dio fueron el mejor regalo de mi vida.

También ella fue la que me hizo la primera mamada, la que me enseñó como comerle el coño a una mujer, y la que finalmente y después de mucho insistir, me dejó estrenarle el ano. No sé donde estará ahora, nunca la volví a ver. Hoy debe tener 36 años.
Saludos y hasta otra.

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