Relato erótico

¡Loco por ella!

Charo
18 de noviembre del 2019

Hace un tiempo nos contó como conoció a su amante, una chica joven que quería, que él, le enseñara todo lo que sabía sobre sexo. Este fue su segundo encuentro y seguro que nos contará muchos más

Adolfo – Baracaldo
Querida Charo, dejé mi historia cuando Rebeca, mi joven amante me estaba haciendo una paja rápida. Dejé que continuara durante unos minutos, después le aparté la mano de mi tembloroso nabo, me incorporé y susurrándole al oído le rogué que me follara.
No se lo pensó dos veces. Se puso de pié a la altura de mis caderas, a continuación se agachó de cuclillas, se apoyó con una mano en el borde de la bañera mientras con la otra mantenía mi polla vertical apuntando hacia la entrada de su chocho y se empaló lentamente en mi polla. Yo, desde mi posición, podía contemplar como ésta desaparecía dentro del voraz chochito de mi amiga, lo cual era realmente impresionante, ya que parecía increíble que el coño de mi joven y menuda amiguita pudiera engullir mi polla que aunque no sea grande si es un poco gruesa o al menos eso me dicen. Pero aquello no debía ser ningún problema para Rebeca que, apoyada en los bordes de la bañera, no paraba de follarme. Yo, entretanto, me deleitaba contemplando cómo se bamboleaban sus tetas.
Continuamos follando así hasta que sentí que iba a correrme. Entonces le pedí que se levantara y también yo me puse en pie. Asiéndola de la cintura con ambas manos la obligué a sentarse en el borde de la bañera junto a la pared, separando las piernas con los pies apoyados sobre ambos bordes de la bañera. Seguidamente cogí el teléfono de la ducha y abrí ambos grifos para templar el agua, mientras mi amiguita me miraba con curiosidad. Una vez hube conseguido la temperatura adecuada, dirigí el chorro de agua con toda la presión posible sobre la abierta almeja de Rebeca que instantáneamente notó el cambio de temperatura, a juzgar por cómo se le pusieron los pezones. Le pregunté si le gustaba aquello. Me respondió que al principio se le había hecho raro pero que, añadió con una sonrisa, empezaba a gustarle. Yo, entonces, para que terminara por encantarle, acerqué mi cara a sus tetas y comencé a darle largos lametazos de abajo arriba, describiendo de vez en cuando rápidos círculos alrededor de los pezones. Rebeca emitía pequeños gemidos casi inaudibles, síntoma de que le gustaban ambos masajes. Al cabo de un rato, fui bajando lentamente hasta su chorreante coñito. Al llegar a él dejé el teléfono de la ducha con el agua aún corriendo sobre el fondo de la bañera y me dediqué a lamerle la rajita de abajo arriba, insertándole poco después el dedo en la vagina.
Totalmente abierta de piernas, Rebeca suspiró profundamente mientras no dejaba de observar cómo mi lengua se deslizaba por encima de su clítoris, lamiéndolo ávida y ansiosamente. Cuando le pregunté si le gustaba que le metiese el dedo, me contestó que le encantaba, pero que prefería algo más largo y gordo. Le repliqué que en unos minutos estaría encantando de complacerla pero que antes le tenía reservado algo menos usual. Intrigada, me preguntó qué era. A modo de respuesta, me levanté y le ayudé a ella a hacer lo propio. Entonces le pedí que se diese la vuelta de cara a la pared y se inclinase ligeramente hacia adelante. Cuando se volvió me agaché de nuevo y sujetándole el trasero con ambas manos, seguí comiéndole la almeja con cortos y lentos lametazos. Poco a poco los lamentazos fueron alargándose y en cuanto sintió la lengua en el culito, volvió la cabeza, preguntándose que sería aquella extraña y nueva sensación. Yo seguí a lo mío, esperando que mi amiga me apartara de su agujerito en cualquier momento. Sin embargo y por el contrario, relajó los glúteos y echó la cabeza ligeramente hacia atrás con los ojos cerrados, permitiéndome seguir con los lametazos. Unos minutos más tarde volví a meter el dedo en el coñito de Rebeca, que soltó un gemido, para sacarlo inmediatamente después ya lubricado y acercárselo al trasero.

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Entonces empecé a masajeárselo con la yema del dedo mientras le besaba las nalgas y le magreaba el clítoris con la otra mano. Lentamente fui introduciéndole el dedo en el culo, deteniéndome cada poco tiempo para que éste se habituase al nuevo inquilino.
Rebeca alternaba las muecas de dolor con suspiros de placer. Al preguntarle si le estaba haciendo daño me respondió negativamente, añadiendo que incluso empezaba a gustarle. Le confesé entonces que me gustaría follarle el trasero. Rebeca me recordó que ya habíamos hablado varias veces sobre ese tema y que ella siempre me había comentado que quería probarlo, pero que temía que su agujerito no pudiera alojar algo más grueso que mi dedo. Le respondí que tenía la solución para ir adaptándoselo al grueso de mi polla si ella estaba dispuesta a probar, asegurándole que ya lo había probado con éxito con otras mujeres. Me contestó que estaba dispuesta, pero que tenía que prometerle que si le doliera lo dejaríamos. Se lo prometí al mismo tiempo que me incorporaba y le sacaba el dedo del trasero. A continuación volví a coger el teléfono de la ducha y se lo dirigí de nuevo al chochito, pidiéndole que lo mantuviera allí hasta que yo regresara. Entonces salí de la ducha y sin siquiera secarme corrí a la cocina.
Cuando volví al cabo de un par de minutos, seguía jugando con el teléfono de la ducha. Me hizo gracia porque eso mismo se lo había sugerido una vez por teléfono y ella me había insinuado que estaba loco y que era una cochinada o algo así. Ahora parecía haber cambiado de opinión pues debía estar tan encantada que ni siquiera se enteró de mi regreso. Mejor así. Es más, Rebeca tenía ahora una pierna levantada y apoyada sobre el borde de la bañera de modo que su coñito quedaba más abierto y expuesto al chorro del agua. Entré sigilosamente en la bañera y me situé detrás de ella, dejando sumergido bajo la espuma lo que había ido a buscar. A continuación, dirigí mi miembro hacia la vagina de mi absorta amiga, que pegó un respingo sobresaltada cuando la toqué. Cabreada por el susto, gritó pero antes de que pudiera volverse la rodeé sujetándola con el brazo derecho y, guiándome con la otra mano, le endiñé la polla hasta adentro y empecé a follarla rápidamente. Mientras le embestía le pedí perdón por haberla asustado. Entre jadeos me respondió que ojalá la asustase siempre de aquella manera. Acerqué mi boca a su oído y susurrando le dije, cariñosamente por supuesto, que era una zorrita ninfómana. Sin apenas inmutarse, me respondió que tenía la polla pequeña. Reí divertido por la ocurrencia y, aferrando sus caderas, la penetré todavía más profundamente, contemplando cómo se movían sus glúteos y sus tetas a cada embestida. Poco a poco fui reduciendo el ritmo y tras unos minutos se la saqué. A continuación, sujetándomela con una mano, empecé a restregársela a lo largo de la rajita desde el clítoris hasta el orifico trasero. Mientras lo hacía me preguntó qué era lo que había ido a buscar. Le contesté que enseguida lo averiguaría, haciéndole prometer también que no se daría la vuelta y que mantendría los ojos cerrados.
Entonces me agaché y volví a lamerle el trasero mientras buscaba uno de los dos objetos que había traído
de la cocina: una pequeña zanahoria que tenía una punta delgadita pero con el otro extremo bastante más grueso y a la que había cubierto con un preservativo.

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Cuando la encontré la dirigí hacia el agujerito y muy lentamente fui introduciéndosela. Cris hizo un instintivo movimiento para averiguar que era lo que estaba invadiendo su culito pero le recordé su promesa y le aconsejé que se relajase y que relajase también el trasero. También le pregunté si le hacía daño. Me respondió que por el momento podía soportarlo. Cuando le hube metido media zanahoria empecé a moverla hacia adentro y afuera, follándole el culo. Rebeca gemía a la vez que apretaba los dientes. Poco a poco fui metiéndosela hasta adentro. Cuando lo logré, busqué en el agua el otro objeto: un pepino de un grosor intermedio entre la zanahoria y mi polla, también envuelto con un preservativo. Ese no fue necesario meterlo despacio, entró prácticamente solo. Yo estaba tan excitado como ella, contemplando cómo aquellos dos objetos le taladraban ambos agujeros. Me hubiera gustado también en ese momento poder meterle la polla en la boca, pero ya habría otra ocasión. A los pocos minutos, cuando consideré que el culito de Cris estaría ya bastante dilatado, le sustituí la zanahoria por el pepino que también introduje despacio, follándola lentamente. Cuando al cabo de un rato terminé de metérselo, le pregunté si le gustaba. Me respondió que todavía no lo tenía claro, pero que seguía dispuesta a probar mi pepino.
Mi único pensamiento era complacer a mi joven amiga, así que me levanté y me coloqué detrás de ella. Lentamente fui sacándole el pepino y en cuanto este estuvo fuera situé mi hambrienta polla a la entrada del agujero y comencé a penetrarla bajo la atenta mirada de Rebeca. Lo hice despacio, lentamente, en parte para no hacerle daño, pero sobre todo para poder disfrutar de la presión con que los músculos rodeaban mi empalmado miembro. Cuando se la hube metido del todo permanecí quieto para que su trasero terminara de adaptarse al grosor de mi nabo. Momentos después comencé a follarla lentamente, asiéndole las caderas y acariciándole las tetas. Era algo impresionante. Aquella chavala estaba deleitándome con algo a lo que muchas de las mujeres con las que había estado, por no decir casi todas, siempre se habían opuesto, por tontos prejuicios u otros motivos. Sin embargo, Rebeca posiblemente quería ante todo complacerme, al igual que yo a ella, dejando a un lado los prejuicios. Y al igual que a mí, a Rebeca le gustaba el sexo, de eso no había ninguna duda. Yo estaba dispuesto a hacer todo lo que ella quisiera probar, o al menos casi todo. Estaba casi convencido de que ella pensaba lo mismo que yo.
Continué follándole el trasero, ahora más rápidamente. Tanto Rebeca como yo estábamos excitadísimos y no parábamos de gemir, suspirar o gruñir debido al placer que nos estaba proporcionando aquella nueva experiencia. Su agujerito se había dilatado y relajado tanto que apenas me costaba metérsela, aunque sentía la deliciosa presión que sus músculos ejercían sobre mi cachonda polla. Mi amiga continuaba inclinada contra la pared con la pierna izquierda levantada y apoyada sobre el borde de la bañera, mientras yo la penetraba inclinado sobre ella, aferrando sus tetas. Aquello se estaba convirtiendo en un auténtico polvo salvaje y yo no iba a aguantar mucho más, bastante había aguantado ya. Entre jadeos y gemidos le avisé de mi inminente orgasmo y le pregunté donde quería que me corriese. Me contestó que quería sentir mi leche sobre sus tetas. Entonces le saqué la polla del trasero y comencé a meneármela frenéticamente mientras Rebeca se giraba y se sentaba en el borde de la bañera donde había estado poco antes.

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Yo seguí pajeándome como un auténtico poseso hasta que anuncié que me iba a correr. En ese momento, me pidió que le dejara seguir a ella. Accedí y le pasé el testigo, que siguió agitando con su mano derecha a la vez que me sujetaba la cadera con la izquierda. No tardé mucho en rendirme ante el tremendo “pressing” que me estaba propinando mi joven pero aplicada amiga con su mano, y me corrí disparando mi tibia y blanca carga sobre su pecho. Ella, por su parte, contemplaba cómo la leche brotaba de mi polla, hasta que salió la última gota.
Entonces, restregó con ambas manos los restos que colgaban de la punta de mi aún palpitante nabo y a continuación hizo lo propio con lo que había caído sobre su pecho, esparciéndolo sobre sus tetas como si se tratase de una crema hidratante. Cuando terminó, volvió a agarrar mi miembro y le dio un beso en la punta. Me agaché para devolverle el beso y lo hice besándola primero en la frente y luego en los labios. La abracé y fui bajándola hasta el suelo de la bañera, tumbándome sobre ella.
A pesar de que yo me había corrido, no quería dejar de disfrutar de mi joven y deliciosa amante, ni que ella tampoco lo hiciera. Sin dejar de abrazarla y besarla dulcemente volví a penetrarla. Tal vez un poco sorprendida, ya que los hombres, sobre todo los adultos, tienden a relajarse y a perder la erección en cuanto han eyaculado, y Rebeca me preguntó si no estaba cansado. Le respondí que aunque estuviera agotado, aquella noche tenía que ser especial. Además, había deseos y peticiones de carácter sexual que durante muchos meses nos habíamos formulado y teníamos que satisfacernos recíprocamente. Algunas ya habían sido cumplidas. Ella por fin había probado el sexo anal que tanto le picaba la curiosidad y además en la bañera. Por mi parte, yo había conseguido hacerle el amor, intentando demostrarle que realmente la quería, a mi manera. Pero todavía faltaban cosas por hacer, así que la invité a que pidiera un deseo. Se lo pensó durante un momento y me replicó que pidiera yo primero mi deseo. Después de pensármelo también durante unos segundos le dije que pediría dos deseos: uno era practicar un sesenta y nueve y el otro era correrme en su cara y en su boca. Sonrió pícaramente y me dio su conformidad.

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Entonces le dije que le tocaba a ella elegir. Me informó que su primer deseo era que la atara a la cama y que la follara como yo quisiera. Su segundo deseo me dejó helado: atarme a mí. Pero esto ya te lo contaré en una próxima carta.
Besos y hasta muy pronto.

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