Relato erótico

La realidad supera la ficción

Charo
26 de junio del 2020

Se conocieron mediante un contacto. Durante unos meses se enviaban mensajes y hablaban por el móvil. Programaron una cita y se conocieron, todo fue como se había imaginado o quizás mejor.

Daniel – SAN SEBASTIAN
Como te conté en mi carta anterior, después de cuatro meses de mensajes y llamadas al móvil, conocí a Teresa. Tenía un aire inocente y su pretensión era follar sin parar, según ella era ninfómana.
Después de follar permanecimos todavía acoplados y abrazados, mientras recobrábamos el aliento. Mi polla continuaba palpitando dentro del inundado chocho de Teresa como queriendo bombear aún más semen, lo cual pareció divertirla. Cuando finalmente los estertores cesaron me levanté, le di un dulce beso y me dirigí al baño. Una vez allí, abrí el grifo de la bañera, puse el tapón y vertí un abundante chorro de gel en el punto donde caía el agua, creando un copioso cúmulo de espuma. Acto seguido, volví a la habitación donde me esperaba Teresa y pude ver que de su rajita empezaban a escurrir los restos de mi esperma que había perdido ya la viscosidad. Me tumbé a su lado y entonces ella cambió de postura y se tumbó de lado apoyando su cabeza en mi pecho, abrazándome.
De pronto percibí el sonido del agua llenando la bañera. Desperté a Teresa de su propio letargo que, sumida en sus propios pensamientos, continuaba con la cabeza apoyada en mi pecho. Le pregunté si estaba a gusto y me respondió afirmativamente.
Le dije que si le apetecía acompañarme a la bañera y pareció pensárselo durante un momento pero tras dedicarme una pícara sonrisa a modo de respuesta, deslizó su cabeza hacia abajo y tras coger delicadamente mi relajado miembro con los dedos, se lo metió en la boca.
Me quedé tan sorprendido que ni siquiera reaccioné, pero no así mi miembro, que reaccionaba rápidamente motivado por las atenciones que le dedicaba. Aprisionaba mi creciente polla con los labios hacia mover su lengua recorriendo la superficie del glande. Aquello era impresionante. Me vino a la cabeza en ese momento las ocasiones en las que Teresa se auto calificaba de “ninfómana” y yo me reía contestándole que era una exagerada y una “fantasma”. Ahora me daba cuenta de que era yo el que estaba equivocado. Aquella chica era realmente “algo salvaje”.
Las caricias de Teresa habían surtido el efecto deseado, con lo cual yo estaba encantado, pero el sonido del agua no me dejaba concentrar, además, yo tenía otros planes y me reservaba para lo que haríamos en la bañera. Así que suavemente separé la cabeza de Teresa de mi entrepierna y me puse de pie mientras ella miraba mi polla con un gesto que me recordó al de un crío cuando le quitas el chupa-chups de la boca. Divertido por aquella comparación, le tendí la mano para ayudarla a levantarse. Cuando lo hizo, la animé a dirigirse al baño con una palmadita en el trasero.

La seguí contemplando como se bamboleaba aquel culito al que tenía reservada una sorpresa, bueno, realmente no era una sorpresa porque mi amiga me había comentado que tenía ganas de probarlo conmigo expresamente.
Al entrar en el baño, Teresa comprobó la temperatura del agua y al parecer estaba demasiado caliente, aunque no tan caliente como yo que contemplaba el trasero de Teresa inclinada junto al borde de la bañera mientras se ocupaba de regular la temperatura del agua a su gusto. Yo por mi parte, con gusto le hubiera insertado en ese momento mi ya desarrollado miembro en aquel precioso coñito que tenía delante, casi a tiro. Aparté aquel pensamiento de mi mente y me dediqué junto con Teresa al asunto del agua.
Cuando está alcanzó la temperatura perfecta, mi amiga se introdujo en la bañera y rápidamente se sentó batiendo fervientemente el agua para que generase una gran cantidad de espuma. Me llamó la atención que lo hiciera solamente con una mano mientras con la otra se tapaba el pecho. Mientras yo me sentaba delante de ella, le pedí que me explicase porqué se tapaba y si le daba vergüenza. En cuanto oyó la palabra vergüenza respondió con un rápido.
– ¡No!
Siempre me divertía mucho aquel “no” por el particular tono infantil que le agregaba. Como vi que intentaba engañarme, pues realmente la notaba un poco cortada, me volví a levantar y me situé esta vez detrás de ella. Cogí entonces dos pequeñas esponjas y tras verter un pequeño chorrito de gel en ellas, comencé a jabonar lentamente la espalda de Teresa, que poco a poco fue relajándose mientras jugueteaba con la manguera de la ducha. Le invité a que cerrase los ojos y para mi sorpresa accedió. Continué con mi tarea pasándole las esponjas por el cuello, los brazos, y seguí por la espalda hasta los muslos por su cara externa primero y luego por la interna pero sin llegar a tocar sus partes íntimas. Cuando terminé, me recliné sobre la pared inclinada de la bañera a la vez que atraía a Teresa hacia mí. Al hacerlo, no pude evitar que su espalda se apoyase sobre mi erección. Sin dar más importancia a aquello deslicé las esponjas por su pecho observando como resbalaba el jabón por entre sus preciosos senos, como si éstos fuesen dos islas en medio de las espumosas aguas de un torrente. Sus pequeños y sonrosados pezones apuntaban hacia el techo del baño, elevándose erectos sobre la pálida piel de mi excitante amiguita. Entonces se me ocurrió una idea. Cogí el bote de gel y vertí sendos chorritos sobre cada uno de los pezones. El frío jabón provocó que se endureciesen sobresaliendo aún más y también la piel de los pechos reaccionó ya que “se le puso la carne de gallina”. Aquello debió excitar bastante a Teresa que volvió la cabeza buscando mi boca. Excitado yo también, la besé intensamente mientras mis dedos pellizcaban sus pezones.

Las manos de Teresa se deslizaban por mis piernas y las aferraban con fuerza cada vez que mis dedos le provocaban una oleada de sensaciones más intensas. Seguimos besándonos a pesar de que la postura no era muy cómoda. De hecho ella se debió cansar de aquella posición e instantes más tarde se dio la vuelta y se puso de rodillas mirando hacia mí. Yo por mi parte intenté incorporarme para besarla, pero me lo impidió reteniéndome recostado sobre la pared de la bañera con una de sus manos, mientras con la otra cogía una de las esponjas y me la restregaba por el pecho a la vez que me besaba dulcemente con cortos besos. Continuó así, enjabonándome el pecho bajando poco a poco hasta el vientre y allí se podía ver la punta de mi tiesa polla, que sobresalía de entre la espuma.
Al llegar allí, Teresa soltó la esponja y cogiendo el bote del jabón, dejó caer un chorrito sobre el hinchado glande. A continuación aferró mi duro miembro y tras ponerlo verticalmente se dedicó a extender el gel por la superficie de mi capullo con la palma de la mano derecha extendida mientras con la izquierda, medio sumergida, me sujetaba la polla apuntando hacia el techo. Totalmente alucinado, le pregunté cómo sabía que aquello me gustaba y que, de hecho, era algo que me volvía loco. Con una sonrisa traviesa me contestó que se lo había contado en una de nuestras fantasías nocturnas vía móvil y que había recordado que me gustaba. Tenía razón: me encantaba. De hecho empezaba a sentir una especie de quemazón en la punta del glande que hacía que mi polla palpitase de gusto. Cerré los ojos y me abandoné a las sensaciones que me provocaba la traviesa mano de Teresa. Al poco rato la sensación de placer era tan fuerte que no podía evitar agitarme y entonces mi joven amante rodeó mi picha con los dedos índice y pulgar justo por debajo del glande y empezó a meneármela arriba y abajo rápidamente. Dejé que continuara durante unos minutos, después le aparté la mano de mi tembloroso nabo me incorporé y susurrándole al oído le rogué que me follara.

Pero esto te lo contaré en una próxima carta
Besos y hasta pronto.

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