Relato erótico

Cuando más primo, más te la arrimo

Charo
30 de diciembre del 2019

Sus padres respectivos tenían que ir una semana al pueblo por motivos familiares y pensaron que los dos primos estrían mejor si se quedaban en una sola casa. Fue una gran idea.

Noelia – Gerona
Amiga Charo, me llamo Noelia y lo que cuento ocurrió cuando yo acababa de cumplir los dieciocho años. Lo mismo que mi primo Mario. A causa de una enfermedad de nuestra abuela materna, nuestros padres respectivos estarían fuera de casa una semana y decidieron que nosotros dos habitáramos en una sola casa mientras durara su ausencia.
Era el mes de julio y hacía calor. El balcón del cuarto piso daba a la calle y frente no había edificios tan altos como el nuestro. El balcón permanecía abierto todo la noche porque hacia un calor sofocante.
Yo tenía mi habitación y mi primo la suya, pero, al estar solos en casa la primera noche en mi habitación me costó mucho trabajo conciliar el sueño a causa del miedo. Me parecía oír ruidos por todas partes y hasta creo que veía fantasmas y toda clase de sombras amenazadoras. Soy muy miedosa y el miedo fue el que me llevó a la cama gemela de la habitación de mi primo y llegué a ella cuando ya dormía como un tronco. Entre las dos camas estaba la mesilla y a los pies de mi cama el armario de luna. Dormí toda la noche de un tirón pero el reloj de la Caja de Ahorros, que tenía un carillón muy sonoro y estaba cercano a nuestro edificio, me despertó a las siete de la mañana con sus campanadas. El sol entraba a raudales por la ventana y prometía ser un día tan caluroso como el anterior.
Lo primero que vi al abrir los ojos fue a mi primo durmiendo en la otra cama. Llevaba puesto solo el slip, pero por el elástico de la pernera le asomaba una erección que le llegaba al ombligo. Ahora sé que Mario tiene una herramienta descomunal. Aún hoy, después de haber conocido bastantes hombres, no he conocido ninguno con las dimensiones de Mario. No voy a negar que la visión de su verga no me excitara porque mentiría y me excitó más porque se estaba acariciando, quizá porque tenía un sueño sexual, pero no se masturbaba, no, nada de eso, solo se acariciaba.
La verdad sea dicha es que me puse cachonda ante la visión de aquel tremendo falo. Yo llevaba puesto un camisoncito que debido al sueño se me había enrollado a la cintura y como dormía sin bragas, costumbre que he tenido toda la vida, mi mano alcanzó fácilmente mi sexo. Tengo una forma de masturbarme que no sé si es habitual en las demás mujeres. Mientras mi pulgar frota el clítoris, mi dedo corazón lo introduzco en la vagina y así me doy gusto hasta llegar al orgasmo. Aún ahora que ya tengo hijos y llevo años casada, necesito a veces masturbarme porque mi marido se preocupa poco ya de que llegue al orgasmo. La verdad es que las más de las veces me quedo a la luna de Valencia.

Bueno pues, aquella mañana tuve un pequeño orgasmo mirándolo. El no dejaba de acariciarse y yo seguí masturbándome y cuando estaba a punto de lograr un intenso orgasmo veo que de repente se levanta de la cama, se quita el slip y se me echa encima como una exhalación. Lo hizo de forma tan rápida que solo tuve tiempo de taparme hasta la barbilla. Noté su gran erección presionando contra mi vientre, pero sujeté las sábanas con fuerza amenazándolo con gritar, pero él no cejaba en su empeño:
– Mira que grito y vendrán los vecinos – le dije.
– Ya puedes gritar, ya, que nadie te oirá y lo sabes, así que déjame que te la meta y verás que bien lo pasamos – me contestó.
– No quiero, y mira que grito, te lo digo de verdad – volví a insistir, sujetando la sábana pero sin empujarlo porque, quizá en el fondo estaba
deseando sentir dentro de mí aquella tremenda erección.
– No tengas miedo, mujer – repitió – déjame que te lo chupe, verás como te da más gusto que masturbarte.
– ¡Yo no me masturbo, imbécil! – mentí.
Yo seguía aferrada a las sábanas cuando él comenzó a chuparme el lóbulo de la oreja diciéndome que me comería el sexo hasta hacerme bramar y otras guarradas por el estilo mientras me chupaba el cuello y el lóbulo. Al mismo tiempo, estiraba hacia arriba de la sábana hasta que quedó enrollada sobre nuestros vientres. Sus muslos quedaron desnudos sobre los míos que tenía fuertemente apretados. Dirás que lo lógico era haberle dado una bofetada o una patada, pero no hice nada de eso, solo protestar sin moverme de la cama de la que hubiera podido saltar muy fácilmente dándole un empujón escapándome a mi habitación y cerrando la puerta por dentro, pero no lo hice.
Le dejé que siguiera subiendo la sábana y el camisón hasta que tuvo mis pechos a la altura de su boca. Cuando comenzó a chuparme un pezón supe que no podía nada contra él, que siguió bajando hasta que su boca quedó a la altura de mi sexo. Tampoco hice gran esfuerzo cuando me separó los muslos y me abrió la vagina con los dedos y comenzar a lamerme todo el sexo con un ansia enfebrecida. Era la primera vez que me hacían el sexo oral y creí que me desmayaba de placer cuando me llegó el orgasmo. Jamás había sentido nada parecido ni tenía idea de que los orgasmos pudieran ser tan poderosos como para quitarte el sentido de la realidad.
Entonces quise apartarlo, pero ya no tenía fuerzas y dejé que siguiera comiéndome hasta que de nuevo sentí que el placer regresaba y sentí la necesidad de notar dentro de mi vientre aquel poderoso falo.

Lo agarré del pelo y estiré hacia arriba y él supo enseguida lo que deseaba. Me abrió la vagina y su enorme cabeza se incrustó en ella dilatándome de tal forma que por un momento creí que no podría entrar toda dentro de mí y separé los muslos todo lo que pude. Empujó con fuerza aunque sin violencia y logró calzarse media tranca y allí se detuvo para besarme, pero aparté la boca. Me sujetó la cara con las dos manos mientras seguía metiendo su descomunal verga dentro de mi sexo poco a poco. No me quedó más remedio que abrir la boca y juntar su lengua con la mía.
Fue una sorpresa comprobar que su lengua sabía dulce como el azúcar.
Comenzó a bombearme despacio y tuve otro orgasmo frenético casi de inmediato. Y otro a los dos minutos y así tres o cuatro veces hasta que noté en el fondo de mí vagina los golpes algodonosos de su tibia esperma golpeando contra mi útero con una fuerza inusitada. Noté tanto placer que le sujeté las nalgas con las manos contra mi sexo con todas mis fuerzas. Estuvo eyaculando lo menos dos minutos. Nunca, jamás me he sentido tan inundada de semen como aquella vez. Creí que no acabaría nunca.
Mis orgasmos se sucedían uno detrás del otro sin interrupción, porque, pese a haber eyaculado tan abundantemente, siguió bombeándome con la misma potencia y volvió a eyacular dos veces más antes de sacármela. Fue increíble.
Nos vimos al mediodía a la hora de comer en casa de mis otros tíos y hablamos como si nada hubiera ocurrido. Por la tarde me primo se fue de parranda con los amigos y regresó bastante tarde a casa. Yo ya estaba durmiendo, pero no en mi habitación sino en la suya pero ahora cedo la palabra a mi primo para que siga con el relato.
Al regresar y pese a que encendí la luz y me preocupé poco por el ruido que hacía, ella no se despertó. Yo llevaba encima unos cuantos cubatas y, ni corto ni perezoso me desnudé completamente y me acosté a su lado. Tampoco se despertó pese a que la empujé un poco para hacerme sitio. A pesar de los vapores del alcohol aquello me demostró que de dormida nada, de modo que lo siguiente fue levantarle un muslo colocándolo encima del mío para acariciarle el sexo con todo tranquilidad hasta que noté que tenía un pequeño temblor y comprendí que había tenido un orgasmo.

Mi mano estaba mojada y supuse que ya podía penetrarla con toda tranquilidad sin que me amenazara con llamar a los vecinos.
Se la clavé poco a poco y, pese al tamaño, se lo tragó entera sin que se despertara, o mejor dicho, continuó haciéndose la dormida. La goce a conciencia y la primera vez tenía tanto semen acumulado que estuve eyaculando bastante tiempo. Solo entonces reculó para sentirla más profundamente y ya sin decirle ni media palabra la coloqué de forma que los dos teníamos el cuerpo como dos tijeras y en esa posición con toda la vulva abierta a causa de la penetración se pegaba a mi carne su carne húmeda como una ventosa al cristal. En esa posición casi sin moverme la disfruté otras dos veces. También ella disfrutó tantas veces que perdí la cuenta. Luego la arrastré encima de mí y siguió haciéndose la dormida. En esa posición aún gozaba más deprisa y tan seguido que sus zumos me acariciaba el miembro cada dos minutos y me hacía bramar de placer.
Luego encendí la luz y le dije que fuera al bidet y se lavara porque quería comérselo. Quizá no te lo creas, pero se levantó con los ojos cerrados y como una sonámbula se fue al baño. Sentí el agua del bidet y el chapoteo al lavarse. Regresó húmeda y sin necesidad de indicarle como tenía que ponerse colocó sus nalgas sobre mi cara y estuvimos haciendo sexo oral hasta que me harté de su licor que manaba como agua de un grifo. Como estaba a punto de eyacular y ya no podía aguantar más, le dije que se lo tragara y fue tan obediente que tragó sin mostrar la menor repugnancia. De nuevo volví a calzármela y estuvimos haciendo el amor hasta que se hizo de día.
Siempre ha estado enamorada de mí y aún lo está. Cuando tiene ganas de gozar profundamente me llama por teléfono y nos citamos en un motel de las afueras de la ciudad y nos gozamos uno al otro con el ansia de la primera vez. Nadie me hace gozar como ella, ni siquiera mi novia.
Saludos y felicidades por las revistas.

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