Relato erótico

Atracción especial
Por motivos de trabajo se desplazaba cada semana para ver a su familia. Aquel día en cuanto subió al autobús notó como lo miraba una mujer. Sus miradas se cruzaron y se podría decir que desde aquel momento, surgió entre ellos una atracción especial.
Emilio – MURCIA
Voy a empezar intentando describir de la mejor manera los dos personajes principales de esta historia. Nos llamaremos Emilio, yo, y Carmen, ella una mujer de tez morena, con un brillo intenso en sus ojos y con unos labios que invitan al juego sexual, con carnes firmes y torneadas, de unos 1,65 metros de estatura, de pelo negro azabache lo mismo que sus ojos, con unas tetas no muy grandes, pero turgentes y altivas, con un culo salido y redondo, sostenido por unas piernas firmes y tersas.
Por mi parte, mido aproximadamente 1,70 de estatura, tengo 29 años, tez morena y cuerpo digamos semi atlético. Ambos somos casados.
Ahora sí, al rollo. Por razones económicas me encuentro trabajando en una ciudad distinta a la que vive mi familia, esposa e hijos, razón por la cual cuando el trabajo me lo permite me desplazo a visitarlos. Fue en uno de esos viajes cuando conocí a Carmen. Llegué un poco tarde a la terminal de transporte de donde debía tomar el autobús que me llevaría a visitar a mi familia y esta circunstancia hizo que, como no tenía reservas de pasajes, aceptara irme en el único sitio que había, el último de la parte trasera del vehículo.
Debo decir que desde que puse el pié en el autobús noté que alguien me estaba mirando y cuando llegué hasta la mitad del mismo supe que era ella. Ya toda mi sensualidad y sexualidad estaba encendida de tal forma que cuando nuestras miradas se cruzaron sentí la sensación de querer estar a su lado besándola, acariciándola y luego supe que ella sintió algo parecido.
Pero no era posible, el sitio a su lado estaba ocupado y era por su madre, como supuse en ese momento. Transcurrió un viaje de seis horas en el cual solo hubo una parada en el camino, lo cual aproveché para intentar abordarla, cosa que fue imposible. Sin embargo no dejábamos de mirarnos y decirnos cosas con los ojos: me gustas, te deseo… Ya en la ciudad de destino las cosas cambiaron un poco, pues yo estaba decidido a hacer lo que fuera para obtener por lo menos algo que me dijera donde y como volver a verla. Pues mi sorpresa fue grande pues la señora que iba a su lado solo era una casual acompañante de viaje y al percatarme de esto y al ver que llevaba tres maletas de viaje, me ofrecí a ayudarla, cosa que al parecer estaba esperando, pero como el trayecto hasta donde debía coger el automóvil que la llevaría hasta “su casa” era corto y a mi me estaban esperando allí mismo en ese lugar, solo hubo tiempo para ver con muchos deseos el contonear de ese hermoso culo vestido de jeans ajustados y de paso pedirle que me diera el número de su teléfono móvil.
Como con mi mujer tengo una buena relación en todo sentido, sexual y sentimental, pero sin embargo no dejaba de pensar en aquella mujer tan sensual y enigmática. Al cabo de dos días decidí llamar al número que me dio y me identifiqué, respondiéndome ella que estaba esperando mi llamada. Que excitante fue oír aquellas palabras. Hablamos de muchas cosas, entre ellas que ambos éramos casados y quedamos en volver a hablarnos. Solo pude aguantar hasta el día siguiente para volver a hacerlo, con una horrible pero momentánea sorpresa. Contestó la voz de un hombre no muy amigable a lo que respondí preguntando por otra persona para no liarla. Debe ser su marido, pensé de inmediato y como mis pequeñas vacaciones eran solo por cinco días, al día siguiente me tocó viajar. Sentí que se me iba la mejor oportunidad de tirar una canita al aire con esa chica tan atractiva, que emanaba tan ardientes deseos sexuales.
Pero cual sería mi alegría cuando llego a la terminal y lo primero que ven mis ojos es a ella envuelta en una sudadera que resaltaba su culo redondo y bien salido y un polo cuyos botones abiertos dejaban entrever un par de tetas medianas y duras de un color moreno irresistible. Mi verga saltó como una catapulta ante semejante esplendor. Solo atiné a decirle:
– Hola, te llamé, pero me contestó un hombre con voz de pocos amigos.
– Eso no importa aquí estamos, además el que te contestó era un sobrino – me contestó ella sonriendo – Mi marido vive en la ciudad para donde vamos.
Hablamos un poco antes de partir y luego en las dos paradas del bus también y cada vez que podíamos nos mirábamos reafirmando más nuestras ganas.
Llegamos a nuestro destino, ahora era ella a quien esperaban. Preferí bajar rápido del bus para no dar sospechas y me fui hasta mi casa con las ganas más intensas que sentía. En la noche de ese mismo día la volví a llamar y su voz sonó a súplica:
– Quiero verte, no sé que me pasa contigo, deseo verte y tocarte.
A lo que yo solo atiné a responder:
– ¡Te deseo!
Concretamos la cita para el siguiente día a las cinco de la tarde en lugar donde ella me recogería para irnos a un lugar donde pudiéramos estar sin peligro de que nos vieran. Así fue y ala hora indicada de ese día, martes, estaba ella recogiéndome en un taxi vestida con una blusa roja de escote pronunciado y un pantalón negro que se pegaba a sus carnes firmes y enloquecedoras, con un aroma a sexo impregnado en todo su cuerpo que le daba una atmósfera irreal, de locura, de trance, al vehículo donde íbamos.
No quise perder tiempo y después de darle un suave beso en su mejilla le ordené al conductor que nos llevara al motel más cercano de donde estábamos. No tardamos diez minutos en llegar a un lugar discreto, limpio y apacible. Entramos y había hecho ya su aparición el componente infaltable de ese trance tan maravilloso: el miedo, pero de la especie de aquel que no es tanto para no permitir hacerlo, sino más bien que enciende aún más las antorchas del deseo y la lujuria, esas si, un tanto ciegas pero deliciosas.
Entramos y no dijimos palabras, nuestros labios se fundieron en el más ardientes beso, nuestras lenguas se rozaban y exploraban nuestras bocas como buscando encontrar los puntos exactos del éxtasis total, mientras mis manos recorrían su espalda hasta llegar a ese culo, tieso y redondo, y pellizcar delicadamente esas nalgas preciosas a la vista y al tacto. Mis manos volvieron arriba, buscaron sus tetas y las rozaron primero delicadamente, hasta sentir la turgencia de sus pezones al ser pellizcados por encima de esa tela suave. En tanto ella no se quedó atrás. Sus manos recorrían mi ancha y fuerte espalda, manoseaba mis nalgas y me atraía hacia su cuerpo mientras movía la pelvis para rozar su clítoris contra mi bulto que parecía una barra en su máxima grado de calor y tensor.
El tiempo y el espacio desaparecieron. En un momento estábamos estirados en la cama sin nuestras prendas superiores, agitados y apresurados por hacer lo mismo con las inferiores, todo esto sin dejar de besarnos en la boca y el cuello y nuestras manos sin dejar de explorar el calor que despedían nuestros cuerpos. Mi habilidad se agudizó al punto de que con una sola mano desabroché su hermoso sujetador quedando sus tetas al contacto con mi pecho y sintiendo un calor en este roce sin igual. Nuestros pantalones volaron por los aires y entonces empecé a bajar por su cuello mientras su respiración era a cada momento más acelerada. Besos suaves y pequeños mordiscos. Sus tetas tiesas, con esos pezones de un color un poco más fuerte que el del resto de su piel, me excitaban tanto que no me permití más preámbulos y me lancé a acariciar esas irresistibles montañas con mis labios y lengua para luego de una vez por todas chupar delicadamente tan deliciosas cumbres con sabor a puro deseo.
Ella dejó exhalar un gemido profundo y fuerte, seguido y sostenido. Estaba gozando mientras yo alternaba el goce con sus dos hermosas tetas, en tanto mis manos acariciaban la parte interior de sus muslos y se acercaban a su zona vaginal cada vez más caliente. Me demoré lo suficiente y fui bajando con mi boca por su plano vientre haciendo aumentar sus quejidos que se hicieron más cortos pero más seguidos. Revoloteé un buen rato por aquellos terrenos hasta sentir el momento adecuado cuando de su boca salía la expresión:
– ¡Así, así, cariño… me vas a volver loca…!.
Besé sus labios vaginales y empecé a introducir uno de mis dedos en su vagina, húmeda y caliente, para seguidamente empezar a jugar poco a poco con su clítoris rosado hasta el punto de ver como arqueaba su cuerpo al máximo y me suplicaba:
– ¡Métemela ya, no aguanto más!
Mi verga estaba que estallaba y había líquido seminal en su punta, sus gruesas venas parecían a punto de estallar y también me pedía a gritos penetrar esa cueva hermosa. En una de sus repetidos estremecimientos producto del goce recibido por mi lengua que se paseaba desde su clítoris hasta su hermoso ano, me incorporé quedando en una posición en la cual mis manos quedaron atrás soportando mi cuerpo que estaba semi sentado y mi verga como su única arma blandiendo en el aire, como pidiendo batalla. En el momento en que después del bote de su cuerpo bajó esperando encontrarse con la suavidad del colchón, encontró para su fortuna e inmensa gloria, mi verga en su máxima expresión entrando de un solo golpe en su gruta ya chorreante y caliente como un horno. Su grito fue delicioso:
– ¡Asiiií… mi amor… que gusto… sí, fóllame… aaah…!.
Su cuerpo se retorcía como poseído por resortes incontenibles, su vagina apretaba y soltaba mi verga en cada embestida, cada vez con mayor fuerza, la sensación era de locura y no pudimos aguantar. Mientras un temblor recorrió todo mi cuerpo y poderosos chorros de mi semen inundaron su hermosa cueva, ella solo repitió:
– ¡Así, así, así…!
Dejó que su cuerpo se relajara quedando tendida sobre el mío bañado en sudor y aromas de sexo y locura.
Tras unos quince minutos, seguíamos en una burbuja con olor a solo sexo y lujuria, el mundo exterior no existía para nosotros, cuando de pronto su voz me trajo de nuevo a este mundo. Me dijo que era la experiencia más loca, pero deliciosa y sublime que había tenido, que hubo algo que no le permitió detenerse ante mis miradas, mis palabras y mis caricias. Le respondí con un beso en sus hermosos labios, con tanta pasión, que mi arma sexual brincó inmediatamente como respuesta.
No pudimos frenarnos, mi verga buscó su cueva que estaba muy caliente y volvimos a una follada donde afloró la ternura, los movimientos suaves y cuidadosos sin disminución del goce y por lo menos por parte de ella muy evidente, ya que a los cinco minutos estaba teniendo su segundo orgasmo sin dejar de besar mi cuello y de decirme que iba a ser mía siempre, que yo era lo mejor que le había pasado.
En el poco tiempo que nos quedaba para bañarnos y cambiarnos, dado que esta es una relación de infidelidades y no se puede dar ocasión para que nos pillen, me confesó que en un principio venía con la intención de que fuera esta única vez y que no nos volviéramos a ver, pero que después de lo ocurrido no pensaba dejar de seguir gozando y haciéndome gozar como hoy.
Saludos y ya os contaré si algo nuevo ocurre.



