Relato erótico

Aquel congreso me cambió

Charo
13 de enero del 2020

La asistencia a aquel congreso le cambio la vida y nunca más fue la misma. Descubrió que era una mujer muy caliente, y una zorra. Su marido no se enteró, pero seguro que notó algún cambio en ella.

Marga – Huesca
Habían llegado a Madrid al mediodía. Marga iba en el grupo que había salido de Alicante a primera hora de la mañana. Sumaban cuarenta, entre hombres y mujeres, deseosos de asistir al puntual congreso de artes plásticas. A ella, que aprendía esta especialidad, la acompañaban dos amigas que la habían animado a pasar juntas el fin de semana.
No le costó mucho convencer a su marido. Total, como tenía partidos en la tele el sábado, y el domingo de su equipo predilecto, no la echaría mucho de menos.
El viernes, de cualquier manera, quiso dejarlo satisfecho, y le dedicó una buena sesión de sexo. Lo dejó bien relajado. Después, mientras él dormía, se preparó la maleta, poniendo un vestido blanco sin mangas que le quedaba muy bien, una falda azul, una blusa amarilla, un par de bragas, un sujetador, unos zapatos de medio tacón, un camisón azul, y todo lo necesario para su aseo íntimo y personal. También añadió la novela que estaba leyendo, y un jersey de punto abierto por si refrescaba de noche.
Ahora, después de despedir al autobús que los había traído, estaba sola en la habitación del hotel. Sus dos amigas ocupaban otra, pero ella prefería estar a sus anchas sin nadie más. Deshizo la maleta, se quitó los pantalones vaquero que llevaba, fue al lavabo. Mirándose en el espejo, con la camisa abierta, en bragas y sujetador, se dijo que estaba todavía de muy buen ver a pesar de sus cuarenta y dos años. Los pechos se le mantenían firmes, sus piernas estaban bien torneadas, su cara seguía siendo preciosa, con su melena de mechas rubias, y sólo su trasero, con algo de celulitis, le decía que ya no era una jovencita.
Se cambió de ropa y fue hacia el congreso. Cuando acabó, hablo con sus compañeras de viaje y les propuso ir de marcha por Madrid, pero solo se apuntó Elena.
Finalmente decidieron meterse en un pequeño bar a cenar hacia las once de la noche. Cuando estaban a mitad cena, habían terminado la jarra de vino. Se disponían a pedir más, cuando el camarero les informó que les iba a traer un Ribera del Duero de reserva. Que era una invitación de los señores de la mesa de al lado. Ellas los miraron, agradecieron el detalle, y uno de ellos se levantó y les dijo que se sentaran en su mesa, que había sitio para los seis. Elena miró a Marga, ésta se encogió de hombros, se levantaron, y fueron a la mesa de los cuatro hombres. El camarero les llevó sus cubiertos y vasos allí. Los hombres se presentaron. Eran agentes de seguros asturianos, se llamaban Antonio, Enrique, Luis y Roberto. Todos casados, cincuentones, pero de aspecto fuerte y saludable. Brindaron con ellas cuando llegó el vino, y la charla fue distendida y alegre. Marga notaba de vez en cuando como Antonio la rozaba a la menor ocasión que tenía. Pero no le dio importancia. Experimentaba una libertad que hacía tiempo no sentía. Estuvieron un rato así, tomaron café, unas copas de brandy ellos y un licor ellas. En un momento determinado Marga se levantó. “Necesito ir al servicio”, les explicó.

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Salió del comedor y comprobó que solo quedaban hombres en la entrada del bar. Fue por un corto pasillo y se metió en el lavabo de señoras. Era pequeño, oscuro y no demasiado limpio. Fue a cerrar la puerta del lavabo, pero ésta se abrió de pronto y Antonio se metió, cerrándola tras él y pasando el pestillo.
-¿Qué haces aquí?”, le dijo Marga con cara de indignación.
Él le pidió silencio. En voz baja le dijo:
-Me has vuelto loco cenando a tu lado. Hace mucho tiempo que no estoy con una mujer, pues soy viudo y no me gusta ir de putas.
Era un hombre atractivo, de sienes canosas, parecido a Cary G. Al fin y al cabo, nadie conocido se enteraría. La hizo sentar en el wáter y le comió el chocho. Marga, empezaba a excitarse por las expertas lamidas de Antonio. El hombre le quitó del todo las bragas, la abrazó y puso sus labios en los de ella. Marga, ya caliente, se dejó morrear. Se dieron un beso largo, intenso, y el miembro de Antonio empezó a crecer. Ella lo notó. -Antonio, estás verdaderamente salido”, le musitó al oído.
Él, entonces, se bajó los pantalones, dejó a la vista su polla tiesa, se sentó en la taza, y le dijo que se sentara encima de él. Ni se lo pensó, se abrió de piernas y se dejo caer sobre la polla de aquel tío.
Para poder disfrutar de ella totalmente le abrió la blusa y le quitó el sujetador. Empezó a lamer, morder y pellizcar los apetecibles pechos de Marga. De pronto le dijo que se levantara, hizo que Marga se agachara y se corrió en su cara, llenándola de leche.
Terminaron y ella se cerró la blusa, se bajó la falda, se lavó un poco y no pudo ponerse ni las bragas ni el sujetador, pues Antonio se los guardó en los bolsillos de su pantalón y no se los quiso devolver. Salieron de allí, y los hombres que quedaban en la barra se pusieron a mirarla con descaro, viéndola salir con el pelo revuelto. En el momento que pasaban al lado de ellos en dirección al comedor, Antonio le subió la falda a Marga sin que ella pudiera evitarlo. La mantuvo subida hasta la cintura y el peludo coño de la mujer quedó a la vista de los parroquianos del bar. Dos de ellos, los más osados, se acercaron y quisieron sobarle la raja. Ella no les dejó, pero Antonio le ordenó que les permitiera disfrutarla. Marga, sin saber por qué obedeció a Antonio, no puso obstáculos y todos los parroquianos que quedaban, seis en total más el dueño, le metieron mano al coño, le palmearon las nalgas y le introdujeron dedos por el culo.
-¿Ya me habéis repasado bien? -les dijo Marga.
Respondieron que sí, se retiraron, y Antonio entró con ella en el comedor. Enseñó las bragas como un trofeo a sus amigos. Ellos se las pidieron y delante de ella las olieron con cara de gusto. Elena estaba dándose el lote con Luis, y no se enteró demasiado de lo que ocurría con su amiga. Cuando se sentó a su lado, le informó que se iba con Luis al hotel, que ella se quedara con los otros tres. Se levantó con su hombre y se largaron del local. Marga se quedó sola. Antonio pagó la cuenta del local, salieron y tomaron un taxi. A ella la hicieron sentarse detrás, entre Enrique y Roberto. Antonio se puso al lado del taxista. Le dio la dirección del hotel de ellos.

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-No quiero que me llevéis a vuestro hotel. Protestó Marga.
-Mire, amigo taxista, qué buena está. ¿Se la quiere tirar? Pues llévenos a un descampado y nos la tiramos los cuatro. Marga empezó a quejarse enfadada. Pero no tenía fuerzas para luchar contra los cuatro tíos y no quería reconocerlo, pero aquella situación la estaba poniendo caliente como una cerda.
Llegaron a un descampado de las afueras. Como deferencia se la dejaron primero al taxista, un sesentón gordo. Le dijeron que le bajara la cremallera del pantalón, que le sacara la polla y se la chupara. Marga obedeció. Se la chupó bien, mientras los otros tres hombres la sobaban por todos lados. Sentía dedos en el ano, en el coño, como le pellizcaban los pezones, como le daban palmadas en las nalgas. El taxista, poco acostumbrado quizá a que se la mamaran tan bien, se corrió de improviso en la boca de Marga. Ella aguantó la descarga.
Los cuatro se la tiraron de todas las formas posibles. Al terminar, ella estaba terriblemente cansada y rota, pero estaba plenamente satisfecha. Con la falda arrugada, y la blusa semi abierta, al llegar se despidió de los hombres llamándoles de todo, y se metió rápidamente hacia los ascensores para que nadie la viera como iba, oliendo como olía, a macho. Llegó a su habitación, se duchó bien, y sin apenas secarse se echó en la cama y se durmió. Su vida no sería la misma a partir de entonces. Sería una hembra total en cualquier relación sexual que volviera a tener. Su marido lo notaría, pero nunca le contaría el por qué.
Un beso para todos de una mujer muy guarra.

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