Relato erótico

Por hacer un favor

Charo
18 de septiembre del 2018

Iban a Madrid para visitar la filial de la empresa y ponerla en marcha. El viaje duraría dos días. Su compañera de trabajo, cuando llegaron al hotel, le dijo si podría cambiarse de habitación para poder estar con su jefe, con el que mantenía una relación.

Susana – BARCELONA
Me llamo Susana, estoy casada, trabajo en una financiera y lo que voy a contarte ocurrió en un viaje de trabajo.
Por la noche me confirmaron el vuelo, que íbamos cuatro personas, uno de ellos el abogado de la empresa y que regresaríamos en un par de días. Temprano por la mañana me presenté en el aeropuerto, donde ya se encontraban los otros viajeros.
Tengo un poco más de 40 años y según dicen, poseo un físico privilegiado. Un buen par de tetas, gordas y redondas, que me gusta lucir con generosos escotes, un culo duro y salido y unas bien torneadas piernas mostradas con espectaculares minifaldas.
Cuando llegamos a Madrid nos alojamos en un hotel cuatro estrellas en dos habitaciones, en una las dos mujeres y en la otra los dos hombres, porque no había disponible en ese momento cuatro individuales. Había una importante convención en la capital y los hoteles estaban todos ocupados.
Visitamos por la mañana la ciudad y a la tarde, después de almorzar, fuimos a la filial local a desarrollar la tarea por la que habíamos venido. Al anochecer volvimos al hotel, nos duchamos y nos preparamos para ir a cenar y a tomar unas copas. Regresamos alrededor de las dos de la mañana y cuando estábamos a punto de entrar al hall del hotel, mi compañera se me acercó pidiéndome si podía cambiarme de habitación para poder estar ella con su jefe, con quien mantenía relaciones cada vez que podía y esta era la oportunidad de pasar toda una noche juntos sin que nadie los molestara.
Yo me puse muy nerviosa ante esa propuesta y le dije que no, porque si aceptaba tendría que compartir la habitación con un hombre que no era mi marido y no me parecía correcto ya que yo soy una esposa fiel y respetaba a mi marido. La cosa quedó ahí pero no sé quién sugirió tomar unas copas antes de ir a acostarnos y fue entonces cuando yo, al ver que la tristeza se apoderaba del rostro de mi amiga, que me miraba como rogándole por el sí, me arrepentí de lo que le había dicho y le susurré al oído que podíamos hacer el cambio, preparándome a partir de ese momento a tratar de superar la tormenta que se me avecinaba.
El abogado, que se llamaba Carlos, realmente era un hombre atractivo y a mi en cierto modo me excitaba el solo pensar en tener un asunto con él, pero me prometí resistir de la mejor manera posible. Rápidamente me fui del bar rumbo a la habitación para cambiarme antes de que llegara él y cuando éste apareció lo recibí con una bata puesta, le señalé cual sería su cama y lo invité a cambiarse en el baño. Al salir con su pijama de seda puesto, yo estaba recostada en la cama leyendo un libro.

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Carlos simuló dormirse, o eso creí yo que lo miraba con insistencia y me acercaba casi sin darme cuenta a su cama. Entonces, en un rápido movimiento, me tomó por la cintura y me tiró encima de su cuerpo. Cuando esto ocurrió, el impulso de mis piernas fue realmente fuerte y en lugar de liberarme de sus brazos, provoqué sin quererlo que se me abriera la bata dejando inoportunamente al descubierto mi rubio pubis, ya que no tenía nada puesto debajo.
Volví a agitar las piernas a la par que la prenda seguía abriéndose hacia arriba y uno de mis grandes y hermosos pechos salió a relucir. Instintivamente él me lo cogió con uno con una mano mientras que me abrazaba con el otro brazo para acercarme más. Entonces empezó a besarme y ya no pude oponer más resistencia. Nos dimos unos besos de lengua mientras con el pulgar y el índice me excitaba tocándome suavemente los pezones, que pronto comenzaron a endurecerse. Luego me besó en la garganta y en los pechos.
Después fue bajando la mano hasta tocarme el pubis y con el dedo índice comenzó a masajearme los labios vaginales, apoyándome el pulgar sobre el botoncito del clítoris al tiempo que lo movía ligeramente. Para entonces estaba sumamente excitado y no podía controlarse. El siguiente paso fue el que le pareció más natural: me penetró. Cuando sentí el miembro del abogado dentro de mi coño, abrí los ojos bien grandes y le dije que parara, que no podía hacerme eso, aunque interiormente lo deseara.
Una cosa era dejarse acariciar un poco y otra que me penetrara sin más preámbulos. Mi dignidad estaba sobre todo. Le grité que no era una puta cualquiera que abría sus piernas ante el primer macho que se me acercara y entonces el hombre pareció dudar.
Nuestros pubis se tocaban y yo insistía con que no lo debíamos hacer. Le decía que pensara en mi marido, que yo lo quería mucho y no pretendía engañarlo. Que él había interpretado mal las cosas. Pero él seguía con el miembro en mi interior aunque no se movía pero estaba a punto de llegar al orgasmo.
– ¡Sácala, sácala! – insistía yo.
Por fin el abogado accedió y se fue retirando lentamente. Dejó solo la cabeza dentro de mi coño y cuando percibió que iba a eyacular, retrocedió y lanzó un potente chorro de semen sobre mi vientre. Luego se dio vuelta y se acostó boca abajo, pensando en lo que había hecho y sintiéndose terriblemente culpable, pidiéndome en voz baja perdón.
Ya cerré los ojos y me puse a llorar. Luego me sentó en el borde de la cama y me quedó de espaldas a él. Unos minutos después me levanté y me quité totalmente la bata. Desnuda volví a la cama y le dije que haría el amor con él por esta única vez. Le pedí total discreción y que no se entusiasmara porque ello no se iba a repetir. Le exigí la promesa de callar para siempre este episodio, pasara lo que pasara, a lo que el hombre accedió como todo un caballero que era.

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Después lo abracé y con mis manos primero y luego con mis labios, que lo besaban por todo el cuerpo, logré que se le produjera una nueva erección y él, mirándome dulcemente a los ojos, me la fue metiendo suavemente mientras el goce se dibujaba en su rostro. Mi cuerpo entero atrapaba el miembro cada vez más adentro. El abogado seguía en forma lenta como para hacerla desear, por lo que yo le susurré que se apurara, que me follara fuerte, que me gustaba bien fuerte. Y ahí él me dio con todo y fue una corrida sensacional. Abrazados nos quedamos dormidos hasta que, de repente, despertamos casi al mismo tiempo y él, boca arriba, tenía nuevamente una tremenda erección.
Yo, al verlo así, no me pude resistir y arrodillándome comencé a chuparle la verga hasta que llegó a un estado impresionante. Fue entonces cuando me subí encima e introduciéndome el miembro en mi vagina lo cabalgué, elevándome y descendiendo, hasta que apoyó ambas manos sobre su cuerpo para hacer equilibrio y comencé a moverme con más ímpetu. Estaba por tener otro orgasmo y me movía cada vez más ligero.
Él, comenzó a excitarse otra vez y le costaba creer lo que le estaba sucediendo, después del sermón que había recibido. Jamás hubiera pensado que yo fuera tan fogosa. De pronto empecé a gemir porque me estaba corriendo y excitadísima hundí aún más la polla en mi coño.
Carlos, que se consideraba todo un experto en folladas, se sorprendió. Jamás había visto a una mujer tener un orgasmo así y eso lo excitó como un loco, me hizo dar vuelta despacio para quedar él arriba y se empezó a mover acompasadamente. Yo lo rodeé con mis brazos al tiempo que colocaba mis piernas en la espalda de mi ocasional amante y cruzaba los talones. El mi besó, recorrió mi boca con su lengua y siguió besándome por el cuello mientras bombeaba sin parar.
Yo acompañaba cada uno de los movimientos. Estábamos tan sincronizados que parecía que nos hubiéramos conocido desde siempre. El hombre sintió que iba a estallar nuevamente mientras yo gemía y sacudía violentamente mis caderas ante cada embestida. Terminé con un espasmo tremendo, provocando que él, después de un par de estocadas, explotara. Sentí como si todo dentro de mi cuerpo fuera a salir por la cabeza de su polla y llenara mi tembloroso y humedecido coño.

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Nos quedamos abrazados hasta lograr cierta tranquilidad. Luego confesamos que jamás habíamos experimentado un polvo tan intenso y abrazados y besándonos quedamos, ahora sí, profundamente dormidos. Había sido una noche enloquecedora.
Cuando el teléfono de la conserjería nos despertó, nos dimos cuenta que apenas habíamos descansado, pero no nos preocupamos porque habíamos vivido una de nuestras mejores experiencias amatorias. Nos levantamos, nos duchamos y después de vestirnos bajamos al comedor donde se encontraba la otra pareja, que por lo visto habían disfrutado también de la noche porque estaban muy sonrientes y felices.
El último día en Madrid comenzaba y trabajaríamos hasta la tarde en que tomaríamos el vuelo de regreso.
Cuando me encontré con mi marido en el aparcamiento, Carlos ya se había marchado.
Besos, Charo.

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